Eat Spaguetti and Learn Italian

Eatpraylove

Sofi: Maybe you’re a woman in search of a word.

An Italian dictionary can save your life. Seriously. Have you ever listened to Italian? Is it not the most musical language ever? I smell pizza and flowers in Tuscany when I listen to my Italian friend speaking her mother tongue…

A couple of weeks ago I watched Eat, Pray, Love with my writing friend Yamuna. The films starts with a writer who has everything you can imagine (hey, a writer who HAS material wealth!). Yet she wakes up one day in the middle of the night beside her perfect husband, goes to the perfect living room in her perfect house and starts crying, begging fod God to take her out from a perfect life she hates. At first I wanted to slap this character in the face (she lives in New York like a star and she makes a living on her words… what’s there not to like?) but then I couldn’t avoid to empathise with her. Because I’ve also have felt that emptiness that starts bitting your soul from the inside, rotting every form of happiness. Depression. But that’s another story.

Our – spoiled – writer ends her marriage and leaves her home but happiness is not something she can easily get. After another frustrated relationship, she buys an Italian dictionary… and there, my friends, there she starts seeing the light.

It also helps she’s an English speaker and a Medicine Man from a lost village in Indonesia wants to learn English  – who doesn’t want to learn English these days? in exchange from all his ancient wisdom

That’s precisely why I decided to become a language teacher. Because languages  – as medicine – are two things you must learn from someone else at some point. So I thought, even if the Zombie Apocalypse comes, I’m still going to be needed. The more languages I know, the better – for the moment I can manage in Spanish, English and Japanese quite decently and I might enlarge the list soon.

In one of the scenes in the movie this writer is taking a bubble bath – bubble baths look always so perfect in movies… and they’re so messy in real life! – and reading aloud Italian words. That heals her broken heart and leads her to Italy. Even if she just spends there three months, she starts learning Italian when she realises she’s not going to get coffee unless she knows how to ask for it in proper Italian.

Want to learn Italian as well? Apparently you don’t need much more than a few dramatic geastures…

I have to mention that her Italian teacher is the most attractive man you could possibly find in Rome – I learned Japanese with an old, grandma-like lady, but oh well, I guess I was just unlucky… They have the lessons eating wonderful Italian food in expensive restaurants at night – I advise you, don’t watch this movie with an empty stomach. No wonder why she improved her Italian so fast. Perhaps I should try that teaching method with my Spanish tutoring here in England? Me in a fancy pub in Lancaster – perhaps The White Cross? – with high heels, an tight evening dress and my red lipstick, teaching a guy how to pronounce tenedor correctly. Yeah, I can do that.

Another interesting scene in the film is when in Rome – this woman shouldn’t have left Italy, to be honest – people discuss what their word is. A single word for just one person? I don’t know, usually I need tons and tons of words to describe my characters, but I guess in a Zen mode I could try to find the word to describe them.

So presumably this writer spends all that year thinking about her word. She gets a Brazilian boyfriend along the way – international boyfriends imply more fun, you’re guaranteed to learn at least how to curse and say I love you in another language – and finally decides that an Italian word – not an English one – is her word. Do you want to know which one? Well, go and watch the movie…

My word – in case someone is wondering – would be in Japanese for sure, a kanji I could beautiful draw everywhere I go. I feel that foreigner languages have more power as in mine all the words have been used so much that they have lost their colour, as clothes washed thousands of times. They are not bright or exciting any more.

What’s your word?

Would it be in your mother tongue or in another language?

Escritora Errante 2: De cómo me mordió un diccionario.

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Cuando eres pequeña, al menos en España, y llegas a clase de Lengua, lo primero que te plantan encima de la mesa es ese libraco enorme llamado diccionario. Si quieres aprender a escribir, tienes que usarlo, te dicen. Y en la universidad ya ni os cuento. Si habéis estudiado Letras sabréis que la RAE es nuestra biblia, amén, y ay del que se atreva a ir contra sus sagradas escrituras. Sin embargo, si estáis intentando escribir en un segundo idioma, lo primero que os gritaría es…

-¡Huíd del diccionario! ¡Alejáos de él lo más que podáis!

Los diccionarios son tan peligrosos como El Monstruoso Libro de los Monstruos.

No, amigos escritores, no corráis tras de mí tratando de quemarme cual bruja en el siglo dieciséis. Sé que ahora mi gramática está algo resentida (efectos colaterales de esto de escribir en un segundo idioma mientras vivo en otro país) pero os juro que mi castellano escrito era antes de una redacción inmaculada. No en vano escuché lecciones de sintáxis y vocabulario desde ese cómodo y calentito nido llamado útero, con lo que se podría decir que esto de la lengua me fluye en la sangre.

No obstante, una cosa es escribir correctamente y otra muy distinta es contar una historia. Cuando empecé a escribir en inglés, iba completamente a ciegas y en terreno desconocido. Sabía las reglas básicas del idioma (aunque la maldita ‘ese’ de la tercera persona del singular se me escapaba muchas veces) y había leído los clásicos del siglo dieciocho y diecinueve para mis clases de literatura. Claro que, cuando me sentaba ante la página en blanco, me salían (intentos de) descripciones Dickensianas y diálogos inspirados en las series estadounidenses que veía por las noches (en aquella época True Blood y Breaking Bad.) Ya os podéis imaginar qué mezcla… aderezada con giros propios del castellano.

La primera semana de mi máster de Escritura Creativa en Lancaster fue difícil. Resfriado (la lluvia me envenenó, qué queréis, venía del secarral madrileño con treinta y muchos grados bien entrado septiembre), pérdidas de sangre (cocinando sola con cuchillos nuevos) y hambruna (tardé en descubrír que el supermercado más cercano estaba a una hora y poco caminando.) Cuando me dijeron que en una semana tenía que tener listo el primer capítulo de mi proyecto, se me cayó el mundo encima. Primero porque llevaba sin escribir meses (terminar la carrera en España me dejó mentalmente seca,  aun hoy las cinco palabras Trabajo de Fin de Grado me producen sarpullidos y escalofríos en la nuca.) La segunda razón es que aquella primera semana de adaptación no había estado pensando en personajes y tramas sino en cómo iba a sobrevivir en un entorno salvaje y rural (sí, soy chica de ciudad.)

Pero yo, como buena estudiante que siempre he sido, me armé de valor y me largué a la biblioteca (el templo del saber y la concentración) con una libreta que me había costado treinta peniques en una Charity Shop… y el diccionario. Ay, el diccionario. Mi proceso creativo para abordar mi primer texto en inglés fue ek siguiente.

1. Pensar el tema sobre el que quería escribir. En mi caso, un frío día invernal en las Highlands. Una muchacha de piel oscura yace sobre la nieve. La mitad de su rostro ha sido presuntamente devorado por los lobos. (Preciosa imágen, digna de una postal navideña…)

2. Según el tema, buscar en el diccionario las palabras que intuía que podría usar. Y como quería ser guay, no fui a elegir las más obvias, no. Para mí, cuanto más raras, mucho mejor. (Por ejemplo, partake of en vez de eat.)

3. Escribir.

¿Qué os voy a contar? Fue un desastre. Eso recolectar primero las palabras como si fueran piezas de un puzzle para hacerlas encajar después no me funcionó. Cuando quería ensamblarlas los ejes no conectaban, con lo que acababa por morderlas desesperada o las encajaba a presión a puñetazo limpio. Sí, la paciencia no es una de mis virtudes. El workshop (donde además me tocó a mi exponer mi trabajo la primera) fue una hecatombe. Nadie había entendido lo que yo había escrito. Casi unanimante definieron mi trabajo como ‘una olla donde se han mezclado ingredientes en principio sabrosos pero que juntos conforman un mejunge nauseabundo.’

Obviamente, después de semejante crítica me fui directa al bar a beberme un mojito.*

Mis compañeros en el máster fueron muy comprensivos y me prestaron varios libros de gramática inglesa, pero yo seguía sintiéndome perdida. Era la única en toda la clase que escribía en un segundo idioma por primera vez. Si bien había otras personas que usaban inglés sin que este fuera su lengua materna, todos ellos sin excepción habían escrito en inglés desde siempre.** Sin embargo yo me sentía perfectamente cómoda en español y mi decisión de usar el inglés se debía simplemente a mis ganas de salir fuera de mi país.

Al día siguiente, con mi tierno corazoncito aun sangrando por las duras críticas, me decidí intentar algo diferente. Volví a la biblioteca pero, eso sí, sin el diccionario. Me puse ante la pantalla en blanco del ordenador… and I let it go.***

Las palabras empezaron a surgir en un torrente desordenado, a trompicones. Las frases se cortaban de repente, algunos términos no eran gramaticalmente correctos, otros los puse directamente en español porque desconocía el equivalente en inglés… Al final de una hora y media escribiendo sin parar, tenía ante mí un verdadero engendro de página. Para que me entendáis, estaba jugando a ser el Doctor Frankenstein pero sin tener la carrera de medicina Y aun así, entre tanto sinsentido y palabras amputadas, sentía el gusanillo en el estómago. Sí, si escribís sabéis a lo que me refiero. Esa sensación maravillosa de tener el destino del mundo en tus manos, de dictar lo que ocurre como si fueras el Demiurgo. Me lo estaba pasando muy bien. El resultado era una carnicería al estilo American Psycho, pero me lo estaba pasando bien y eso (quiero yo pensar) era lo importante.

Desde entonces, ese es el método que empleo en los primeros borradores. Escribe. Escribe. Escribe. Si me dejo llevar, puedo escribir unas dos mil palabras por hora muy fácilmente (tened en cuenta que en inglés pienso más despacio.) Sin diccionarios a la vista las ideas más locas fluyen y se interconectan entre ellas y, generalmente, me sorprenden de forma positiva.

Luego toca agarrar el diccionario y editar durante días para dar sentido a esa mutación lingüística. Pero oye, la alegría loca de ese primer borrador no me la quita nadie. Es como correr al viento y cuesta abajo.

¿También os dejáis llevar en los primeros borradores?

¿Sois capaces de desconectar el editor interior cuando solo estáis jugando con la idea?

¿Escribís con el diccionario al lado o lo usáis para calzar la mesa?

*Que por cierto, estaba malísimo.
** En serio, qué gente más increíble. Se animaron a escribir… ¡y encima en otro idioma! Yo empecé con el español y aún me costaba (y me cuesta) lo mío…
*** Odio la canción (siendo honesta) pero tenía que ponerla aquí, me venía demasiado bien.

Escritora Errante 1. De cómo empezé a escribir en chubasquero.

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En la India tienen el Taj Mahal… en Lancaster tenemos el Ashton Memorial.

‘Dear Inés, I am pleased to…’

14 de marzo del 2014. Estaba sentanda en la sala de ordenadores de la Facultad de Medicina de la UAM mirando másters en Literatura Inglesa, cuando recibí un email de Lancaster University. Solo con leer las primeras palabras se me saltaron las lágrimas, porque pensé, si se alegran de decirme algo, ese algo tiene que se algo bueno, ¿no? (¿Quién podría ser tan cruel de alegrarse de las desgracias ajenas?)

Nunca pensé que escribir me sacaría de mi aburrida existencia en España. No me malinterpretéis, me gusta el lugar donde nací, me gustan los cielos color azul rabioso y el sol sonriendo hasta en el frío de invierno. Me gusta Madrid, porque es una ciudad simpática de calles bulliciosas y mil olores. Me gustan las terrazas, me gusta el aceite de oliva y la comida deliciosa y nutritiva (porque cuando como en España siento las vitaminas trepando por mis venas, me he dado cuenta al vivir fuera…) Me gusta eso de que a las diez de la noche la ciudad siga viva, y también a las once y a las doce. Me gustan los trenes de cercanías blancos y rojos y la manera en que la ciudad se disuelve en infinitos páramos amarillos cuando miro por la ventanilla.

Pero estaba hastiada de llegar a mi universidad y escuchar a los profesores entonar ese mantra interminable de:
-No váis a encontrar trabajo, estos años ya no son como nuestros años, de la traducción no se vive, de la edición no se vive, en la enseñanza pública todo son desgracias y en la universidad… ¡ni penséis en quedaros en la universidad!*

También estaba la incertidumbre de acabar la carrera. ¿Qué hacer después? ¿Buscar un trabajo? ¿Tres trabajos que probablemente ni siquiera me hubieran dado para idependizarme? ¿Okupar alguno de los edificios de oficinas abandonados en el centro de Madrid? ¿Irme a vivir a Barcelona para estar cerca del mar? (Y allí al menos el tiempo permite dormir en los parques…) Me ahogaba en un mar de inciertas posibilidades, pero la piedra que de verdad me hacía hundirme era el miedo terrible a tener que vivir en casa de mis padres hasta los treinta. En cuanto ese pensamiento acariciaba mi mente, mis gemelos se tensaban y mis piernas echaban solas a correr, lo más lejos de casa posible. Tenía muy claro que prefería quemar los pocos euros en mi cuenta bancaria e irme a Alaska (una idea bastante interesante que otros ya intentaron antes) que acomodarme a lo que yo sentía como una muerte en vida a los veintiún años.

Así que me dije, ¿qué es lo que de verdad quiero?

Escribir.

Viajar.

Y me puse a mirar másters de Escritura Creativa fuera de España.

Veréis, yo nunca me he tragado que a eso de escribir te puedan enseñar. Me gusta escribir como me gusta respirar, lo necesito, y aunque nadie leyera mis tristes palabras, lo seguiría haciendo porque es incuestionable. Pero necesitaba un vehículo que hiciera que esas mismas palabras me sacaran del hastío y ese resultó ser el inglés. Elegí estudiarlo en la universidad porque intuía que los idiomas son las verdaderas llaves con las que puertas a lugares remotos. Y con el inglés, como me decían mis progenitores desde que era una tierna criaturita, ‘con el inglés se va a todas partes.’

Así que me planté en el despacho del único profesor de la UAM que responde los emails en el mismo día (no necesito decir su nombre con esa descripción) y le dije muy ufana que me quería ir a estudiar Creative Writing. El pobre me miró de arriba abajo (yo era una estudiante de inglés decente, pero no la mejor de la clase ni mucho menos) y me dejó caer que eso de escribir creativamente iba más allá de conocer las reglas (y mil excepciones) de la gramática inglesa, y que iba a ser duro. Pero era octubre, yo aun tenía la energía del Erasmus que había hecho el curso anterior y todo me parecía una aventura.

Mi profesor me dio la lista de las cuatro mejores universidades en Creative Writing de Reino Unido (sí, me dijo que empezara apuntando alto y que luego ya iríamos eliminando.)

University of Manchester

Berkley University of London

University of East Anglia

Añadí University of Edinburgh a la lista por eso de que le había cogido cariño después de estar un año allí y también, al final, por pura casualidad, Lancaster University, porque otro profesor (inglés) de mi departamento recordaba que esa universidad era famosilla en eso de la escritura creativa. (Más tarde descubrí que había sido la pionera.)

El proceso de solicitar el máster fue largo y angustioso (recuerdo ese fin de semana de enero peleándome con las estúpidas webs de cada universidad, rellenando formularios donde me preguntaban si había estado en la cárcel, si era bisexual o si mi raza era White UK o White Others). Uno de los requerimientos era, obviamente, entregar una breve muestra de escritura en inglés. Traduje un par de relatos vilmente del español al inglés (ay, miedo me da leer esas traducciones ahora) y allá que lo mandé.

Obviamente, los rechazos llegaron muy pronto. Las tres mejores universidades de UK me dijeron que muchas gracias por contactarlas pero que mi inglés no llegaba a los estándares de sus cursos. Aunque no fue una gran sorpresa, a nadie le hace gracia que le digan esas cosas. Mi corazón triste pesaba como si fuera el de un elefante. Como yo quería irme de todas formas, empezé a mirar másters en Literatura Inglesa (si no se me daba tan bien escribir en inglés, al menos estaba segura de que leyendo podía labrarme un futuro más o menos digno.)

Entonces me llegó el email de Lancaster University.**

‘Dear Inés, I am pleased to offer you a place in our programme…’

Al día de hoy aún sigo preguntándome cómo pude engañar con mi pésimo inglés a escritores de la talla de Paul Farley (poeta de Liverpool embriagadoramente carismático… ¿os apetece leerle?).

Y así fue como el 26 de septiembre de 2014, cargada con mi libro de  101 Grammar Exercises for Profiency and Advance Cambridge Exam (Solutions included)*** cogí un avión a Manchester y me fui a estudiar Creative Writing a Lancaster University sin tener ni idea de como escribir creativamente en inglés.

Aunque mi situación económica está lejos de mejorar desde que dejé España (más bien está empeorando), os puedo decir que ese mismo día dejé el hastío y el aburrimiento existencial tras de mí, asándose problamente al sol de un asfixiante septiembre español.

Empezaron así mis andaduras como escritura errante en la nación de Shakespeare, los fish and chips y los cielos grises…

¿Agarráis un chubasquero para veniros conmigo?

He tenido que consultar las primeras páginas de El fin de los sueños en la preview de Amazon porque no recordaba cómo se hacen los diálogos en español… no se lo contéis a nadie, por favor.

** Un mes después, la universidad de Edimburgo también me aceptó, y pasé los dos meses peores de mi vida académica tratando de decidir con cual quedarme… ganaron las ovejas y los campos verdes, así que me fui a Lancaster.

*** El libro no se titula así, me lo he tenido que inventar porque no lo tengo a mano…