Escritora Errante 2: De cómo me mordió un diccionario.

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Cuando eres pequeña, al menos en España, y llegas a clase de Lengua, lo primero que te plantan encima de la mesa es ese libraco enorme llamado diccionario. Si quieres aprender a escribir, tienes que usarlo, te dicen. Y en la universidad ya ni os cuento. Si habéis estudiado Letras sabréis que la RAE es nuestra biblia, amén, y ay del que se atreva a ir contra sus sagradas escrituras. Sin embargo, si estáis intentando escribir en un segundo idioma, lo primero que os gritaría es…

-¡Huíd del diccionario! ¡Alejáos de él lo más que podáis!

Los diccionarios son tan peligrosos como El Monstruoso Libro de los Monstruos.

No, amigos escritores, no corráis tras de mí tratando de quemarme cual bruja en el siglo dieciséis. Sé que ahora mi gramática está algo resentida (efectos colaterales de esto de escribir en un segundo idioma mientras vivo en otro país) pero os juro que mi castellano escrito era antes de una redacción inmaculada. No en vano escuché lecciones de sintáxis y vocabulario desde ese cómodo y calentito nido llamado útero, con lo que se podría decir que esto de la lengua me fluye en la sangre.

No obstante, una cosa es escribir correctamente y otra muy distinta es contar una historia. Cuando empecé a escribir en inglés, iba completamente a ciegas y en terreno desconocido. Sabía las reglas básicas del idioma (aunque la maldita ‘ese’ de la tercera persona del singular se me escapaba muchas veces) y había leído los clásicos del siglo dieciocho y diecinueve para mis clases de literatura. Claro que, cuando me sentaba ante la página en blanco, me salían (intentos de) descripciones Dickensianas y diálogos inspirados en las series estadounidenses que veía por las noches (en aquella época True Blood y Breaking Bad.) Ya os podéis imaginar qué mezcla… aderezada con giros propios del castellano.

La primera semana de mi máster de Escritura Creativa en Lancaster fue difícil. Resfriado (la lluvia me envenenó, qué queréis, venía del secarral madrileño con treinta y muchos grados bien entrado septiembre), pérdidas de sangre (cocinando sola con cuchillos nuevos) y hambruna (tardé en descubrír que el supermercado más cercano estaba a una hora y poco caminando.) Cuando me dijeron que en una semana tenía que tener listo el primer capítulo de mi proyecto, se me cayó el mundo encima. Primero porque llevaba sin escribir meses (terminar la carrera en España me dejó mentalmente seca,  aun hoy las cinco palabras Trabajo de Fin de Grado me producen sarpullidos y escalofríos en la nuca.) La segunda razón es que aquella primera semana de adaptación no había estado pensando en personajes y tramas sino en cómo iba a sobrevivir en un entorno salvaje y rural (sí, soy chica de ciudad.)

Pero yo, como buena estudiante que siempre he sido, me armé de valor y me largué a la biblioteca (el templo del saber y la concentración) con una libreta que me había costado treinta peniques en una Charity Shop… y el diccionario. Ay, el diccionario. Mi proceso creativo para abordar mi primer texto en inglés fue ek siguiente.

1. Pensar el tema sobre el que quería escribir. En mi caso, un frío día invernal en las Highlands. Una muchacha de piel oscura yace sobre la nieve. La mitad de su rostro ha sido presuntamente devorado por los lobos. (Preciosa imágen, digna de una postal navideña…)

2. Según el tema, buscar en el diccionario las palabras que intuía que podría usar. Y como quería ser guay, no fui a elegir las más obvias, no. Para mí, cuanto más raras, mucho mejor. (Por ejemplo, partake of en vez de eat.)

3. Escribir.

¿Qué os voy a contar? Fue un desastre. Eso recolectar primero las palabras como si fueran piezas de un puzzle para hacerlas encajar después no me funcionó. Cuando quería ensamblarlas los ejes no conectaban, con lo que acababa por morderlas desesperada o las encajaba a presión a puñetazo limpio. Sí, la paciencia no es una de mis virtudes. El workshop (donde además me tocó a mi exponer mi trabajo la primera) fue una hecatombe. Nadie había entendido lo que yo había escrito. Casi unanimante definieron mi trabajo como ‘una olla donde se han mezclado ingredientes en principio sabrosos pero que juntos conforman un mejunge nauseabundo.’

Obviamente, después de semejante crítica me fui directa al bar a beberme un mojito.*

Mis compañeros en el máster fueron muy comprensivos y me prestaron varios libros de gramática inglesa, pero yo seguía sintiéndome perdida. Era la única en toda la clase que escribía en un segundo idioma por primera vez. Si bien había otras personas que usaban inglés sin que este fuera su lengua materna, todos ellos sin excepción habían escrito en inglés desde siempre.** Sin embargo yo me sentía perfectamente cómoda en español y mi decisión de usar el inglés se debía simplemente a mis ganas de salir fuera de mi país.

Al día siguiente, con mi tierno corazoncito aun sangrando por las duras críticas, me decidí intentar algo diferente. Volví a la biblioteca pero, eso sí, sin el diccionario. Me puse ante la pantalla en blanco del ordenador… and I let it go.***

Las palabras empezaron a surgir en un torrente desordenado, a trompicones. Las frases se cortaban de repente, algunos términos no eran gramaticalmente correctos, otros los puse directamente en español porque desconocía el equivalente en inglés… Al final de una hora y media escribiendo sin parar, tenía ante mí un verdadero engendro de página. Para que me entendáis, estaba jugando a ser el Doctor Frankenstein pero sin tener la carrera de medicina Y aun así, entre tanto sinsentido y palabras amputadas, sentía el gusanillo en el estómago. Sí, si escribís sabéis a lo que me refiero. Esa sensación maravillosa de tener el destino del mundo en tus manos, de dictar lo que ocurre como si fueras el Demiurgo. Me lo estaba pasando muy bien. El resultado era una carnicería al estilo American Psycho, pero me lo estaba pasando bien y eso (quiero yo pensar) era lo importante.

Desde entonces, ese es el método que empleo en los primeros borradores. Escribe. Escribe. Escribe. Si me dejo llevar, puedo escribir unas dos mil palabras por hora muy fácilmente (tened en cuenta que en inglés pienso más despacio.) Sin diccionarios a la vista las ideas más locas fluyen y se interconectan entre ellas y, generalmente, me sorprenden de forma positiva.

Luego toca agarrar el diccionario y editar durante días para dar sentido a esa mutación lingüística. Pero oye, la alegría loca de ese primer borrador no me la quita nadie. Es como correr al viento y cuesta abajo.

¿También os dejáis llevar en los primeros borradores?

¿Sois capaces de desconectar el editor interior cuando solo estáis jugando con la idea?

¿Escribís con el diccionario al lado o lo usáis para calzar la mesa?

*Que por cierto, estaba malísimo.
** En serio, qué gente más increíble. Se animaron a escribir… ¡y encima en otro idioma! Yo empecé con el español y aún me costaba (y me cuesta) lo mío…
*** Odio la canción (siendo honesta) pero tenía que ponerla aquí, me venía demasiado bien.

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