Escritora Errante 3: Lluvia gallega en Madrid.

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En el verano de 2013 comprendí que quería dedicarme a la escritura. Sé que la gente (los escritores especialmente) suelen ponerse lívidos cuando las jovenzuelas como yo se acercan a ellos con los ojillos brillantes y diciendo cosas como ‘quiero ser escritora.’

Pero es cierto. Quiero. I want to make a living on my words. No me importa si es escribiendo sobre fútbol (no sé nada sobre este deporte, ni siquiera me gusta), marcas de maquillaje (si no se ni hacerme una línea decente con eye liner, por favor…) o los niveles de suavidad y absorción del papel de váter. A mí lo que me gusta es contar historias, y se pueden contar sobre tantísimas cosas. Nada me hace sentir más feliz y equilibrada que golpear las teclas del ordenador hasta que retumban las vigas del techo o rayar con mi pluma la página en blanco.

Cuento historias desde que tengo uso de razón. Mi abuela dice que recuerda a mi madre por las noches, frente a la cuna, escuchándome hablar cómo embobada. Mi abuela pensaba, ‘¿pero qué hace esta peduga que no calla ni un segundo delante de su madre?’ Probablemente mis balbuceos de aquel entonces tenían escaso sentido (creo que mi madre los escuchaba porque todas las madres están orgullosas de sus retoños, lo tienen escrito en los genes) pero estoy segura de que ya entonces sentía ese calorcillo en el estómago. Necesito expresarme a través de las palabras.

Obviamente cuando me hice ‘mayor’ tuve que estudiar algo ‘de provecho.’ Hice un poco de trampa y desoí los consejos de mis profesores y progenitores. No estudié Medicina ni cosas útiles, sino que me largué a por los idiomas pensando, ‘bueno, al menos viajaré.’ Y la verdad no me ha salido tan mal, porque viajar por las Islas Británicas sí es algo que estoy haciendo.

Aquellos años en la universidad no fueron muy buenos para mi creatividad. Escribí una novela corta y una novela larga en el género de steampunk porque estaba enamorada (el amor a veces, a demás de destruírme, me inspira). Luego otra novela corta realista justo al terminar mi año de Erasmus en Edimburgo porque me rompió el corazón abandonar esa maravillosa ciudad. Necesitaba tejer un hilo de letras entre sus viejos y húmedos edificios y mi alma, en la que siempre estará Arthur’s Seat. A parte de eso, mis años académicos fueron exasperantes y tristes. Exámenes, memorizar miles de cosas sin sentido. La Lingüística se me atragantaba y la Literatura, aunque era más interesante, también me aburría porque no nos dejaban ser creativos, siempre había que memorizar las interpretaciones de los críticos o de nuestros profesores. En ese sentido me siento muy identificada con José Antonio Cotrina, uno de mis escritores favoritos que dijo en una entrevista que sus años en la universidad estudiando Publicidad y Relaciones Públicas fueron los más estériles creativamente hablando.

Luego tuve mi primera experiencia laboral real haciendo prácticas en un medio de comunicación, la cadena SER, en el verano del 2013. El trabajo era increíble: redactar guiones, asistir a la emisión en vivo de los programas y entrevistar a artistas famosos (tuve la suerte de que me pusieran en la sección de Cine y Literatura). Trabajábamos muchas horas (de nueve de la mañana a ocho de la tarde, generalmente) pero el ritmo era excitante. De hecho, el periodismo es muy adictivo, y ahora puedo entender por qué los periodistas nunca paran por casa y son siempre personajes interesantes en las series americanas como Freddie en Hannibal o Zoe en House of Cards.

Sin emargo, cuando llegaba a casa por la noche a las diez, estaba mentalmente exhausta. Me hacía una cena rápida y me tiraba en el sillón en frente de la televisión a ver Homeland. Los fines de semana iba a visitar a mi amiga y a su bebé en Villaverde Bajo, o me iba con otros amigos a hacer senderismo a la Sierra de Guadarrama. ¿Pero coger el ordenador para escribir? Tras horas y horas redactando guiones y buscando en la red información sobre la gente que entrevistábamos, era la última cosa que quería hacer.

Me puse triste.

No sé como explicarlo, pero era ese tipo de tristeza que casi no se nota, como la lluvia finísima en Galicia. Caminas por los bosques y ni te molestas en ponerte la capucha del chubasquero, pero cuando llegas a casa estás chorreando. Eso me sucedía a mí. El trabajo era increíble, y sé que fui muy afortunada de poder hacer esas prácticas en un sitio tan interesante en vez de estar sirviendo cafés o de cajera en un supermercado (con todo el respeto del mundo a quienes tienen estas profesiones.) Pero al final del día me di cuenta de que no era lo que quería hacer. La tristeza es húmeda y te oxida poco a poco. En mi caso, lo va nublando todo paulatinamente, se traga los colores y la luz. Cuando abres los ojos por las mañanas y el mundo es un lugar gris, monótono y aburrido, ¿qué sentido tiene todo lo demás?

Un pez necesita nadar en el agua. Los pájaros baten las alas y vuelan. Los topos excavan madrigueras en lo profundo de la tierra. ¿Por qué? Nadie se pregunta esas cosas. Fueron creados así. Yo fui creada para contar historias. Antes me daba vergüenza decirlo en voz alta porque pensaba que era egoísta o estúpido. ¿Contar historias? ¿Quién necesita historias? Existen millones de historias out there.

-De la escritura no se vive.

-Si quieres escribir necesitas un trabajo para darte dinero.

-No te dediques a esto, mira que mal me va… etc.

Eso te dicen constantemente. Y tienen razón. Pero, ¿sabéis qué? En España esas frases se pueden aplicar a cualquier profesión ahora que estamos en crisis. NO hay trabajo digno seamos escritores, científicos o camareros. Así que bueno, si me voy a morír de hambre de todas formas, por lo menos que sea haciendo algo divertido.

Ahora que me dedico a la escritura soy más pobre que nunca. Voy a perder mis (escasos) ahorros haciendo un doctorado de Escritura Creativa en Lancaster al mismo tiempo que, cual sangüijuela, sigo chupando dinero a mis padres, porque las clases de español que doy no me dan para mucho. Y el dinero que gano escribiendo en inglés es también muy escaso.

Pero qué feliz soy.

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