Escritora Errante 4: Habitaciones vacías

Empty room

Dicen que en la vida hay tres eventos muy estresantes.

  1. Mudarse de casa.
  2. Dejar una relación.
  3. Empezar un trabajo nuevo.

Y, este mes, doy positivo en dos y medio. Voy a empezar mi nuevo trabajo (bueno, un doctorado, pero es lo mismo, porque por lo visto voy a trabajar como una burra). He empezado recientemente una nueva relación (lo que me descoloca tanto como romper, la verdad). Ah, y lo mejor, me he mudado.

Dejad que os cuente la historia.

Lancaster es una ciudad pintoresca, histórica (con castillos y brujas) bohemia… y pequeña. Yo pensaba que este septiembre estaría mudándome al centro, para poder ir al Caffè Nero todos los días (ja, si mi bolsillo se lo pudiera permitir…) visitar las Assembly Rooms para buscar accesorios steampunk y libros chulos, irme de fiesta los viernes por la noche por Apothecary sin tener que preocuparme por coger el bus de vuelta y perderlo y tener que hacerme cuatro millas a pata en lo frío y oscuro de la noche… Me iba a mudar con una amiga muy amiga, también escritora, y la nuestra iba a ser una casa de artistas locos en la que probablemente iba a nacer el siguiente Círculo Bloomsbury. Todo iba de perlas hasta que dicha amiga me anunció, a principios de Agosto, que se iba a Nottingham, que es una ciudad más grande (y, por tanto, con más posibilidades de encontrar trabajo).

Me dejó helada. ¿Sabéis lo difícil que es encontrar una habitación en Lancaster en Agosto? La mayoría de los estudiantes empiezan a mirar y a alquilar en Enero, para que os hagáis una idea.

Me tocó ver todas las habitaciones que quedaban aun sueltas, aquellas que ya nadie quería.

Por ejemplo, una habitación pequeñísima sin armario. El casero me dijo que podía usar el angosto cuartucho del pasillo (donde se suelen dejar las fregonas y los cepillos) para guardar mi ropa…

O aquella casa en la que hubiera podido tener una habitación enorme… pero que estaba a medio construír.

O los pisos en pleno centro de Lancaster que parecían una cárcel federal… con las ventanas tan pequeñas que todas las habitaciones eran como sótanos.

Hasta que, finalmente, una señora me escribió un email muy largo. Esta señora, ya mayor, pero que decía tener espíritu joven era también escritora y había visto mi anuncio de buscar piso. Era budista, iba a empezar el mismo máster que yo he hecho dentro de un año, vivía en Galgate (aka El Fin Del Mundo) en un cottage con una perrita llamada Polly y un jardín secreto.

Tras una dolorosa y larga deliberación, decidí hacer caso a mi intuición y acepté la habitación en El Fin Del Mundo.

Dejar mi habitación en el Graduate College, donde he estado compartiendo piso con otras cinco personas a las que he acabado por coger cariño (y del bueno) ha sido algo mucho más difícil de lo que esperaba. La habitación era pequeña pero la tenía  decorada a mi gusto, con mis libros, mis fotos, mis postales de los sitios interesantes a los que he viajado este año…

En esa habitación imaginé mi primera historia en inglés, recé a los dioses para que me dejaran quedarme en Inglaterra y hacer un doctorado, tuve conversaciones de esas que marcan y perdí (por segunda vez) mi virginidad.

Lo que más me gustaba eran las vistas. Solo veía ramas afiladas y una hojarasca verde oscuro. Tan misterioso, gótico, recóndito, salvaje… Voy a echar mucho de menos esa calma melancólica.

Así que ahora vivo con esta escritora inglesa llamada Sue. Alguien me dijo que podría ser una buena oportunidad para analizar a los ingleses, para respirar, sentir, cocinar… vivir con ellos. Inmersa al cien por cien. Desde luego, como escritora, toda experiencia es bienvenida.

La casa tiene carácter. Huele a moho, las paredes se caen a cachos, todas las estanterías están repletas de libros, gafas y botellas vacías de alcohol, guardando un muy precario equilibrio contra las paredes llenas de humedades. (Si muero aplastada por una de ellas… bueno, al menos será una muerte literaria).

Mi habitación es… curiosa. También desafía a su manera las leyes de la lógica, con una chimenea que solo sirve para acumular polvo (y esperemos que no muchos entes misteriosos), unos enchufes que se esconden para que no pueda utilizarlos, un armario de IKEA hecho con palillos mondadientes, un escritorio torcido, unas estanterías muy temblonas que voy a tener que anclar a la pared si no quiero cuatriplicar mis posibilidades de abandonar este mundo y un monstruo de cama doble que se come todo el espacio y puede que se me coma a mí también. Ah, y al llegar tuve que limpiarla durante más de seis horas… no tenía muchas ganas de compartirla con una población de arácnidos nada dispuestos a pagar la renta. Soy escritora, está claro que el dinero no es algo que me sobre.

Polly, la perrita, esta sorda y sube las escaleras como la anciana canina que es (me parte el alma cada vez que la veo…) La pobre tiene incontinencia (ay, Polly, ¿por qué tuve que conocerte en el ocaso de tus días?) pero se ve sola películas de terror sentada en el sofá a las diez de la noche (lo cual confirma que es mucho más fuerte que aquí una servidora).

Sue es amable, de momento. Un compañero de clase se reía, porque ella vive en el piso de arriba del todo en un pequeño apartamentito, algo así como the mad woman in the attic… (bueno, si voy a ser Jane Eyre, ¿dónde está mi Mr Rochester?)

Su Jardín Secreto es alucinante, pero no tengo permitido entrar mientras ella está allí escribiendo en su casita de la inspiración. Prometo algunas fotos en los próximos posts.

La casa está justo bajo un enorme puente de piedra que me gusta mucho. Las arcadas son tan grandes que cada vez que cruzo por debajo me parece estar entrando en otra dimensión. Como cruzando una de esas puertas que aparcen en los universos de Cotrina. De vez en cuando veo los trenes pasar. El ruido, contrariamente a lo que se pueda pensar, no me molesta, sino que me gusta. Mucho. Ver un tren deslizarse a toda velocidad hacia quién sabe dónde alegra mi corazón. Todo en la vida son viajes.

¿Os habéis mudado alguna vez?

¿Habéis convivido con un escritor?

Quiero escuchar vuestras historias…

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