Escritora Errante 5: Mis 3 pasos para terminar un proyecto.

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Escribir un libro no es cosa fácil. He tenido que rebasar la veintena para poder decir, mirada alta y desafiante, que he podido terminar un proyecto largo y de calidad publicable. Ha sido toda una odisea en la que he tenido que atravesar los tres umbrales: planificación, borradores y edición.

Bueno, he de reconocer que el proyecto que he terminado no es una novela, sino una novela corta. Pero me siento igualmente orgullosa, ya que además he descubierto que este formato (el de la novela corta, que tiene su propia palabra en inglés, novella, y voy a usar de ahora en adelante porque es más breve) es en el que me siento más cómoda. Pero ya hablaré en otro post de por qué me gusta escribir novellas.

Como a muchos escritores, las ideas me acechan en las esquinas, especialmente cuando camino, corro por las mañanas o me escaldo voluntariamente en la ducha… La idea inicial es como las burbujas que me rascan la garganta tras haber tomado el primer trago de coca-cola. Pero en el momento en que intento darle forma, empiezan a surgir los primeros problemas. Las ideas necesitan suportes, igual que los edificios vigas. Y estos no resultan siempre evidentes en las historias.

Si mi idea sobrevive el periodo de planificación, empiezo con los borradores. Y aquí está lo difícil. Como una corredora novata intentando un maratón, muero generalmente a la mitad. La historia pierde su fuelle. Los personajes se tornan planos, o se deprimen y se suicidan ellos solos. El tiempo se detiene o avanza tan despacio como la baba de caracol. Y yo, la escritora, estoy más aburrida que nadie de mi propia historia. Cuando ese sentimiento de hastío me invade, prefiero abandonar el proyecto porque, me digo, si esto no me entretiene ni a mí, ¿a qué lectores voy a engañar? Si, por otro lado, consigo terminar el primer borrador (esto quiere decir que he superado la crisis ‘del medio’, esa es inevitable) el proceso de edición suele ser tan tedioso que, como buena cobarde que soy, abandono mis manuscritos y me pongo a otra cosa. Como el marinero con una esposa en cada puerto, tengo al menos tres borradores de novellas por ahí olvidados. Sé que debería hacerme cargo de ellos (uno de ellos incluso está escrito a mano) pero la pereza me puede. Editar es como criar un hijo, me imagino. El fogonazo de pasión concibe la criatura, sí, pero ay, eso es solo el principio. Soy (he de reconocer) una madre bastante irresponsable y egoísta. Pobres manuscritos míos.

En octubre del 2014 empecé el Máster de Escritura Creativa en Lancaster y me prometí a mí misma entregar el que posiblemente podría ser mi único libro en inglés (aunque ahora parece que le he cogido el gusto y escribiré al menos otros tres libros más en el idioma de la Pérfida Albión, como dice Gabriella Campbell). ¿Cómo ha ocurrido semejante milagro? (Teniendo en cuenta que escribir en inglés me lleva el triple de tiempo). Dejad que os cuente los secretos que me han permitido atravesar victoriosa los tres umbrales…

1. Planificación.
Para esta novella (Mrs McLean Cabinet of Curiosities) decidí no saltarme este paso previo. Muchas veces, cuando se nos ocurre una idea es muy fácil dejarse llevar por la emoción y correr a arañar el papel cual felino juguetón. Pero he descubierto que si empiezo muy rápido también me canso rápido. A veces, menos es más. Y la planificación, aunque parezca aburrida en el momento en el que solo quieres ver tu increíble idea en acción, acaba siendo ese pegamento que mantiene todo el proyecto unido en las crisis venideras. (Porque las crisis vendrán, ya lo creo, como viene la lluvia a Inglaterra, más temprano que tarde, me temo).

a. Argumento. Para esta etapa del proceso creativo me ayuda mucho la técnica del snowflake (la conocí gracias a Gabriella, en este post). Intentad resumir vuestra idea en una línea. ¿Difícil, verdad? No desistáis. Al final puede ser hasta divertido.

Tras un sufrir un desengaño amoroso, un doctor obsesionado con su adicción a la sangre se marcha a una mansión aislada en las Highlands para hacerse cargo de la familia McLean durante los meses de invierno.

Sí, ya sé que esta frase es larga y enrevesada, pero mi novella es de terror gótico… ¿qué esperábais?

Desarrollad la frase en varios párrafos y finalmente una página. Puede parecer algo un poco estúpido, pero a mí me ayudó a poner cada cosa en su sitio y a aclararme con lo que quería contar.

A veces, en esta parte del proceso también me gusta planificar los diferentes capítulos del proyecto (aunque al final todos estos detalles me los suelo pasar por el forro una vez que le hinco el diente al primer borrador). Por ejemplo, para esta novella usé el disco Antiphon del grupo Midlake.

La idea original me surgió al escuchar su canción This Weight, tras lo cual decidí dividir la historia en nueve capítulos (cada uno relacionado con las canciones del álbum, y por ese orden). No es la primera vez que la música influencia tanto mi escritura (el álbum de The Thirteen Step inspiró mi otra novella, Kabuki). Pero como digo, esto es una simple pauta, porque al final Mrs McLean’s Cabinet of Curiosities acabó por tener veintiún capítulos en vez de nueve.

b.Personajes. ¿Quién quiere crear estereotipos? Desde luego yo no. Los personajes predecibles me dan (en el mejor de los casos) sueño. Es muy difícil huir de los clichés o de esas ganas de crear múltiples versiones de nosotros mismos en la historia (no es una buena idea, quizá solo les funcione a unos pocos elegidos, como Haruki Murakami).

En esta novella decidí usar (por primera vez) este truco de las cien preguntas. Es algo que me había ayudado a crear personajes para mis partidas de rol (sí, soy adicta al rol en vivo, lo confieso) pero que jamás antes me había planteado usar en mis propias historias. Sin embargo, ¡cuánto me divertí el verano pasado! Cien preguntas pueden parecer demasiadas, pero cuando escribes quieres saberlo todo de tus personajes, y en esta lista hay muchas cosas que en un principio ni siquiera me había planteado pero que luego resultaron ser fundamentales. Además, es un ejercicio creativo excelente porque pone en marcha el motor creativo. ¿Cómo fue la infancia de vuestro personaje? ¿Quienes son sus padres? ¿Cuál es su religión? ¿Es vírgen? ¿Zurdo o diestro? Os puedo asegurar que tras esta lista, personajes que en un principio eran bastante planos o parecían caricaturas (como la Mrs McLean del título) acabaron por convertirse en pilones con los que sustentar el argumento.

¿El único peligro de esta técnica? La backstory de los personajes corre el peligro de ser incluso más larga que la historia que quieres contar. No creo que eso sea malo: cuanto más pasado tengan nuestros personajes, más detalles jugosos podemos introducir en la trama. Lo malo es que te pueden entrar muchas ganas de querer contárselo también al lectorr (puesto que nosotros, los autores, lo sabemos, ¿por qué ocultárselo a ellos?) Creo que esto es un gran error, porque hay que ceñirse al argumento en sí. Lo demás, nos lo llevamos a la tumba. (O lo reciclamos en posteriores secuelas si el libro resulta ser un bestseller).

c. Documentación.  ¿Dónde sucede la historia? ¿Cuáles son las circunstancias que envuelven el argumento y los personajes? La documentación es clave cuando estás haciendo worldbuilding (creando el ambiente de tu historia). Las historias con un buen worldbuilding son las que al final se nos quedan en la memoria. En mi caso me siento fascinada por sagas como La Materia Oscura o El Ciclo de la Luna Roja, que describen mundos estremecedoramente oscuros, además de otros libros más realistas como Nunca Me Abandones, donde yo también asistí a la escuela de Hailsham. ¿Cuáles son las vuestras?

Suceda en el pasado (mi novella ocurría en Escocia a principios del siglo XIX), en el presente o en el futuro, el trabajo es el mismo: hay que investigar, encontrar (o crear) detalles, personajes y lugares. Aunque de nuevo, es sabio recordar que no escribimos la historia para mostrarle al lector cuántas horas hemos pasado investigando (afrontémoslo, nadie nos va a reconocer ni pagar todo ese tiempo en bibliotecas, museos, preguntando a expertos o frente a la pantalla del ordenador). Consolémonos pensando que la documentación, a parte de darle un sabor único a nuestras palabras, (pero que sea sútil, como la sal en la cocina) nos convierte en expertos de cosas insospechadas (Humanistas, si queréis, como Leonardo Da Vinci). Yo podría escribir ahora ensayos sobre las transfusiones de sangre en el siglo XVIII o las sangrientas batallas de la Revolución Jacobita en Escocia… o diseccionar y hasta embalsamar un cadáver. Nada mejor que la escritura para sorprenderse a una misma.

Como apunte final, la documentación no tiene por qué ser algo agobiante que nos quite las ganas de coger el borrador. Generalmente yo empiezo investigando un poco lo que me interesa para la historia en sí, y este es un proceso constante, a cuenta gotas, que se puede extender hasta la etapa de la edición. Una vez más, creo que es importante recordar que documentarse sirve para completar la historia pero nunca ha de ser más importante que esta.

2. Borrador(es).
La parte más divertida. ¡A escribir! Una vez. Y dos. Y tres. Suelo perder la cuenta de los borradores que hago de cada capítulo, pero la verdad es que siempre me divierto igual. En mi caso,  funciona mejor olvidarme de editar y saltar directamente a la historia. El subconsciente siempre me ayuda a encontrar nuevas y estimulantes conexiones, así que en esta estapa puedo escribir a cualquier hora del día, con la mente clara o bajo la influencia de sustancias misteriosas… todo vale mientras me lo esté pasando bien. Hablé más de cómo muerdo la hoja en blanco en este post.

3. Edición. Soy una persona inquieta y torpe (no sé cómo no me he despeñado ya por las Highlands o el Lake District a estas alturas, la verdad), así que esta etapa del proceso creativo solía ser la más odiada. Sí, tengo amigos escritores que la disfrutan enormemente, pero yo no soy una de ellos. Esta es también la razón por la que no me haría especial ilusión trabajar en una editorial (aunque ahora mismo trabajaría hasta limpiando váteres, la verdad).

No obstante, escribir en inglés me ha hecho entender que editar un texto no es solo esencial, sino también muy estimulante. Editar es muy diferente a escribir borradores. En el primer caso busco cantidad y expansión. En el segundo, me convierto en una escultora: tengo que mirar la roca deforme (conjunto de todas mis palabras apelotonadas tras los diversos borradores) para comprender la verdadera y armónica forma de mi proyecto… y si tengo la suerte de percibirla, entonces extraigo a cincelazo limpio lo que sobra, que suele ser mucho (la última novella que edité empezó teniendo casi noventa páginas y ha acabado con a penas cincuenta… ups). Ver como la historia va al fin cobrando forma, es una sensación muy placentera, como ordenar y ventilar una habitación caótica.

¿Cómo conseguir que no nos agobie el proceso de edición? En mi caso, el consejo de mi profesora, Zoe Lambert, fue fundamental. Primero, termina la obra. No puedo editar una historia si no puedo verla en perspectiva, con todo incluído. Luego, edita por capas, o corremos el riesgo de quedarnos por siempre en la primera página, ahogadas en un mar de frustraciones e insatisfacción. Si edito pensando en que todo tiene que ser perfecto, obviamente nunca voy a terminar. (La perfección no existe, entre otras cosas, aunque como artista me sigue costando asumirlo). Pero si agarro el manuscrito pensando que solo voy a editar aspectos concretos (los personajes, la trama, o la cronología de la historia, el lenguaje… etc.) la tarea se torna un poco más sencilla.

La edición se alarga hasta ese instante en el que sientes que quieres masacrar a todos tus personajes para luego ir a meter la cabeza en el horno. Nunca vamos a estar satisfechos con nuestros retoños creativos (asumámoslo) pero cuando la energía del proyecto se agota, es mejor dejarlo ir. Entonces llega el temido momento en el que deja de ser tuyo y pasa a ser también de todos aquellos lectores tan majos que quieren dedicar su tiempo a leer tus palabras. Es el momento también de tragarse las lágrimas (cuando le dedicas tanto tiempo a algo es duro admitir que se ha terminado) y empezar a pensar en cosas nuevas. A no ser que seas Joyce Carol Oates y escribas el primer borrador de una novela mientras editas la anterior (tengo que probarlo alguna vez, parece terriblemente difícil pero entretenido.)

¿Planificáis a la hora de escribir?
¿Disfrutáis al editar o es una tortura?

¡Nos leemos el siguiente viernes!

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