Escritora Errante 10: Winter is Coming.

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Son las ocho de la mañana y el sol aun se lo está pensando – no creo que hoy tampoco salga. Miras por la ventana de la cocina y solo ves el cielo gris blancuzco – un tono rosado clarísimo donde se supone que tiene que salir el sol. Los árboles tiemblan con solo una o dos hojas colgando – ancianos calvos. Se escucha el ulular del viento, pero no es sugerente, como las películas, porque sabes que esto es la vida real y al final tendrás que salir de casa y hará muchísimo frío y se te congelarán las mejillas y la nariz.

El invierno ha llegado a Lancaster.

Ya he vivido en Escocia, donde hace más frío y hay menos luz. Sin embargo, este año las cosas en Lancaster están siendo especialmente duras. Llevamos cuatro semanas con tan solo un único día de sol. Me siento cansada, abatida, sin ganas de hacer nada que no sea arrastrarme hacia la cama, hacerme una bolita y dormir. Por supuesto ese no es mi plan de cada día – tengo trabajo que hacer, fechas de entrega y demás. Pero ay, si pudiera.

La gente te visita y se quedan un poco así – jo, que bien se vive en España, allí tenemos sol, me dicen. Pero luego se sonríen – con todo este mal tiempo tendrás mucha inspiración para escribir, ¿no? Se te ocurrirán muchas ideas, porque esta lluvia y este frío invitan al recogimiento – y esta palabra suena como algo mágico, como un ritual en el cual el artista trasciende a un realmo superior de la mano de sus musas.

Me imagino a Wordsworth viviendo en el Lake District – donde  el tiempo aún es peor.

‘Hey, ¿salimos a dar una vuelta?’ le pregunta su mujer.

Fuera caen chuzos de punta, el viento huracanado arranca los robles como si fueran palillos… etc.

‘No… mejor sal tú… yo me quedo…’

‘¿Y si nos vamos al pub a tomarnos unas cervecitas?’

‘Mmm… no, mejor otro día…’

‘¿Y al cine? Me han dicho de una peli que…’

‘No, no, esta tarde la paso en casa escribiedo… ya si eso mañana.’

Fuera ha empezado a granizar.

Pues eso. El mal tiempo te hace quedarte en casa y escribir / leer / cultivar la mente puede ser una buena opción, yo no lo niego. Pero a veces me siento más bien atrapada aquí dentro. Encerrada. Necesito salir a descubrir cosas, a inspirarme. Como escritora me nutro de lo que hay fuera, de las conversaciones que escucho sin querer, de las personas que conozco, de los paisajes nuevos que admiro. Encerrada en casa encuentro tiempo para editar, para escribir los temidos primeros borradores. Pero sin el abono de fuera, la imaginación se seca poco a poco, se enquista. Yo no puedo ser como Emily Dickinson quien – se dice – jamás salía de casa, aunque creo que ella tenía un jardín. Tener un bonito jardín cuenta como poder salir. Y además, no creo que haga tan mal tiempo en Massachussets.

Invierno. No hay nada mejor para escribir literatura Gótica que pasarse un buen invierno en Lancaster.

En mi casa no funciona la calefacción – bueno, mejor dicho, mi casera no se digna a ponerla – por lo que la perspectiva de pasar todo el domingo en mi oficina de doctorado escribiendo – donde SÍ hay calefacción – parece algo de lo más placentero.

Por otro lado, hoy he intentado caminar por Lancaster pero la lluvia golpeaba mi piel sin piedad alguna – me dio por pensar que las gotas parecían mini cuchillos… ¿puede la lluvia llegar a hacer agujeros? ¿No dicen que el agua erosiona las piedras? El vieno soplaba tan fuerte que ha estado a punto de tirarme en algunas ocasiones – pero Lancaster… ¿no quieres que suba a esta colina…? ¿No…? Ok, got it… de vuelta a la civilización…

Al final he pasado tres horas en Café Nero en Market Street. Primero me he sentado en una mesa y he fingido estar pensándome lo que quería almorzar durante media hora. Luego he esperado a que llegara la hora punta para pedir – que los camareros vieran que no era mi culpa que tardara tanto en decirles lo que quería. Cuando ha llegado mi sopa de zanahoria y cilantro me he calentado las manos sobre ella pacientemente hasta que ha dejado de soltar vapor. Luego he untado escrupulosamente los panecillos con mantequilla y me los he comido poco a poco – para que me duraran. La sopa, a medias cucharadas.

Una hora después he pedido el chai tea, y me lo he bebido a sorbitos microscópicos, con lo que lo he alargado otras dos horas.

¿Inspira el invierno? Bueno, mi imaginación para encontrar cosas que hacer en las cafeterías trabaja bastante. También leo mucho – es la manera de pasar el rato en los espacios públicos. Eso también me pasó ayer. Fui a Manchester, y en vez de pasear por el canal – caían chuzos de punta – me quedé en la cafetería del Art Museum bebiendo té y leyendo el maravilloso Tomorrow Never Knows de Eddie Robson – os lo traeré de cerca muy pronto en los artículos que escribo en inglés. Luego lo continué en la John Rylands Library, pero eso fue un lujazo, he de reconocerlo. Qué preciosidad de sitio, me daría pena que a fuera hiciera sol, ciertamente, pues aun así preferiría quedarme dentro de esta biblioteca, así de bonita es.

El invierno también es bueno para afilar mis dotes de observación. Con el frío hay mucho tiempo para deambular dentro de las tiendas – aunque solo sea para tomarse un respiro del intenso frío de la calle. Y como lo que hay dentro suele ser aburrido – a no ser que sean libros, yo no soy muy fan del shopping – me suelo fijar en la gente.

Por otro lado, ahora es por la noche y no estoy dando paseos a la luz de la luna – cosa que sí hacía en verano – sino que escribo porque mis dedos están tan fríos que si no los muevo se van a caer.

Sí, el invierno es muy inspirador en Lancaster. En serio. Si tenéis algún tipo de bloqueo creativo, no dudéis en venir a hacerme una visita…

 

 

 

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