Escritora Errante 12: Leer

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Hace unas semanas, en el blog Musas en su tinta la autora habló de un ritual bastante interesante para asegurar el hábito de la lectura. Es cierto que en las agitadas vidas que todos tenemos ahora, cada vez para más difícil encontrar un momento para desconectar de todo y abrir un buen libro. Y a veces es una pena, porque hay muchos libros buenos dando vueltas por ahí (mis blogs de reseñas favoritos son Divagando entre líneas en español, que me descubrió joyitas como La Canción Secreta del Mundo y Curioser and Curioser en inglés, que siempre tienen opiniones interesantes).

Leer… cuando empecé la universidad dejé de leer – por placer, me refiero. Claro que había que leer muchos manuales aburridos y libros obligatorios, pero nada que realmente pueda recordar ahora – esas palabras solo se quedaban hasta el examen y depués se desvanecían silenciosamente.

Sin embargo, al empezar mi doctorado en Escritura Creativa tenía claro que iba a tener que leer mucho. Mi investigación es en el campo de la escritura, así que necesito leer grandes cantidades de ficción. Me propuse leer un libro a la semana. Ya sé que para algunas personas esto no parecerá mucho, pero en mi caso es toda una proeza, porque tengo que combinar el doctorado, mi trabajo dando clases particulares de español, mi trabajo freelance como traductora, el ejercicio físico, el voluntariado, mi programa de radio y mis horas de socialización con otros seres humanos. Vamos, que casi no queda tiempo. Y aun así lo voy sacando de donde no lo hay para cumplir con mi meta. Porque si algo tengo muy claro es que a escribir se aprende – en parte – leyendo.

¿De dónde araño los minutos para leer?

La cena. No soy una persona que pueda leer en la cama antes de dormir, al menos no mucho. Cuando me tumbo se me cierran los ojos y si acaso me las arreglo para avanzar un par de páginas. Por eso necesito estar haciendo algo más que me mantenga despierta. No suelo cenar mucho – fruta, yogurt… – así que picotear aquí y allá mientras leo un libro resulta bastante placentero. También es importante estar sentada – y no tumbada – y bajo la luz fuerte de la cocina. Si además tengo un té calentito al lado se me pueden pasar los minutos – y las páginas – volando. Es el único momento del día que tengo para mí misma y me relaja mucho.

El tren. Cuando estudiaba en Madrid viajaba todos los días a la universidad aprovechaba esas horas tediosas leyendo. Aquí voy en bicicleta – y no, no es muy buena idea pedalear y leer a la vez – pero cuando cojo el tren suele ser para viajes largos, y entonces aprovecho para darles un buen empujón a mis lecturas. Es tan agradable ver los diferentes paisajes por la ventana mientras voy sentada comodamente en mi asiento y – idealmente – tengo una taza de café cerca…

Colas. Odio las colas. So impaciente por naturaleza, y eso de tener que esperar de pie un tiempo indefinido me suele reventar bastante. Así que en vez de amargarme la existencia viendo como se van los minutos de mi juventud ahora agarro el libro que estoy leyendo y me pongo a ello con ahínco. Las esperas se reducen considerablemente y además avanzo con el doctorado. Es perfecto.

La sala de espera del médico. No me pongo enferma casi nunca, pero una de las cosas que me ayuda pasar el tiempo cuando voy al ambulatorio o al hospital – a visitar a alguien – es leer. Los sitios así me dan angustia, pero las palabras me lo azucaran todo un poco, lo cual se agradece.

El avión. No me gusta volar. No porque el avión se pueda caer del cielo – la verdad, esas cosas no me dan miedo… si pasa, pues pasa, serán unos minutos de angustia y después… ¡zas! A trascender – sino porque soy claustrofóbica y los aviones son por lo general sitios estrechos y llenos de gente – y maletas. Sin embargo, agarrar un libro me ayuda a aislarme. En mis últimos vuelos – porque, viviendo fuera de mi país y gustándome mucho viajar tengo que coger el avión bastante – me leí casi entero Little Star, una novela de mi autor de terror favorito, John Ajvide. La recomiendo mucho: aunque os parezca un poco ladrillo – tiene más de 500 páginas – os aseguro que entre hacer el check-in, la espera del embarque, el embarque, y esperar a la llegada a que salgan otra vez las maletas os habéis leído más de medio libro…

Cafeterías. Si alguna vez me apetece mimarme y mis múltiples trabajos lo permiten, una de mis cosas favoritas es irme a una cafetería y tomarme un delicioso capuccino / chocolate caliente gigante mientras leo un libro – y si además el dinero me da para pedirme una velvet cake o un muffin de frutas del bosque y chocolate blanco, la felicidad es absoluta. Hay algo mágico en las cafeterías: el olor a café y dulces, el murmullo de la gente hablando, la música suave… No sé, me encanta. Ser escritora es muy solitario, con lo que cambiar de ambiente de vez en cuando e ir a un sitio lleno de gente relajada ayuda bastante. Mi cadena de cafeterías favorita en Reino Unido es Caffè Nero – hacen el mejor chai tea espumoso del mundo. Puedes tirarte horas allí y no te miran mal – las cafeterías pequeñas son más personales y cucas, pero por lo general los dueños tienen que sacarse su dinero, con lo que te empiezan a mirar mal en cuanto tu taza se queda vacía y tú sigues leyendo en vez de pedir algo más/marcharte.

¿Os gusta leer? ¿Os ponéis metas? ¿A dónde os lleváis los libros?

 

 

 

 

 

No coffee, no writing

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I mean, it’s 9.36am here in Lancaster and I’m drinking coffee while I write this. I have the light one because outside is pitch dark and rainny and… well, it feels like night time. Coffee is literally saving me life – and it does so every morning, preparing me to face the challenges of everyday.

I started drinking coffee when I was 18 in a London airport. I had taken a plane at 6am in the morning which meant I was at the airport at 4am and that I had got up at 2am. So when finally my plane arrived – to London – I tried a coffee because I was feeling pretty destroyed and I had heard that coffee lifts you up. A year into drinking it I decided to be a true coffee lover and drink it as it is – no sugar, no milk. It took me a while, but no I can’t stand it sweet, which I guess it’s good for my teeth. I try not to drink more than three or four coffees a day though.

What I noticed  when I started writing for my masters and I had to meet weekly deadlines is that the size of my coffees was increasing – significantly.  By the time I was polishing my novella I was drinking just large coffees, and I bought myself a massive mug that is with me in the office now. Normal mugs just seem too tiny for me now…

Coffee infuses warmth and happiness to my heart, basically, – and If I don’t drink it in the morning I get a  very bad headache. Also, it helps me a lot to associate the pleasure of drinking a super hot coffee with writing my daily 500 words, as I explained in this post.

Do you like coffee? Tea? Do you have any drink or meal that you need to be more creative?

 

 

 

 

 

 

 

 

Die Hard and the Germans

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Last week Alan Rickman left us – he was one of my favourite actors ever. Because yes, I’m  the kind of people who prefer a charismatic villain than the always boring good guys. That is why I loved him as a Snape in the Harry Potter films, for example or as the perverted Judge Turpin in Sweeney Todd. Last Friday I watched his first debut movie, which turned out to be the first of another famous saga, Die Hard.

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Die Hard is an action film and not something I would have choose to watch before, to be honest. Although I have to say that despite its many clichés, I enjoyed it, specially because in the old days the action scenes were really filmed – no computers but flesh and hard floors. For example, poor Alan Rickman was really thrown no less than 20 meters down at the end of the film – which explains why his horror face seems so believable.

I’m sure many of you are familiarised with the plot, that narrates the adventures of John McLean, a NY cop that finds himself locked up in a luxurious skycraper taken by a band of thieves. We have here a young Bruce Willis.

Does his character’s surname – McLean – suggest some Scottish heritage?

The skycraper’s owner is no other than one Mr Takagi – he has the same surname than one of Japanese teachers. When I first saw the character I thought he would be one of the evil ones. Japan was at war with US and they paid for that as in most of US’ movies Japanese guys are crazy assholes – sorry for the word. Kill Bill could be an example.

But no, in Die Hard it gets clear from the very beginning that Mr Takagi is a powerless victim. His whole story is narrated in a few lines – child of Japanese immigrants in US that made himself through scholarships in different Californian universities. So he’s more American than Japanese in the end…

Then the thieves appear. An attractive Alan Rickman followed by a tribe of –mostly– super tall, blond, long-haired men. At the beginning I thought they were Russian. In American movies the bad guys are Japanese… or Russian… or Spaniards. However, when they started speaking I discovered they were… Germans. No less.

Now, I have to thank the scripwriter of this movie, who at least took the bothers to make his characters to speak real German – which always adds some veracity to the screen. They argue with each other in this language, and it’s wonderful to hear Alan Rickman giving them orders in German with his sharp voice. I say I feel grateful because – sadly – in many US movies they don’t really care about other languages apart from English. In The Reader, an adaptation of a novel that is set in Germany, there is one scene that struck me: the main character reading from an English book. Not that German people cannot read English – not at all, I’m jealous of all my German friends for their perfect English accents – but it was obvious that in that particular story at that particular moment the chacter should have been reading a book in his mother tongue. Not mentioning US films set in Ancient Greece where you can see their old manuscripts… in English as well. It completely blows up the great lie that cinema is.

Now, I was wondering, why are the thieves/criminals/terrorists in US movies always Asian or European? Why US does not have its own thieves – as we all have? Why do they feel this urgency of ‘importing’ the bad guys into his movies?

As a curiosity, in the German version of Die Hard the thieves are not German – of course not – but members of the IRA. Don’t you think that’s wonderful? Enemies always come from far, far away, so we don’t feel specially sad when Bruce Willis breaks their necks or throws them through the window of the 38th floor.

But the best thing is that the most German person in the movie is indeed… our Bruce Willis. Born in Germany from a German mother.

That’s how he defeated the super evil Hans Gruber/Alan Rickman?