Apples

inktober10

At seven in the evening I was wandering around Miyayima. It was already pitch black in the little village. The only ones around were astray tourists, as me, and the wild deers. There were just a bunch of locals open but my stomach was roaring – after having gone up and down Mt Misen. I looked for a supermarket or corner shop where I could get something worth just a few hundred yens – the restaurants in the area were definitely way beyond my budget.

I finally discovered a tiny shop at the end of a dark, quiet street. It had a good selection of fresh fruit, but everything was really, really expensive. It took me a long time to calculate what would be the cheapest – but most filling – option. I was still deciding when someone spoke to me from behind.

‘Hi. Are you having trouble to ask for this at the counter? I can do so for you, if you want.’

It was a Japanese young man dressed up in an elegant blue suit.

‘Oh, no, thanks, I’m just making up my mind, that’s all,’ I answered back in English. I was grateful for his generous offering, though.

Finally, I decided taking a couple of massive red apples. I took them to the till where a smily, middle-age Japanese woman was waiting. I opened my bag to find cash but suddenly the man appeared again at my back and put the exact money the apples were worth on the the counter.

‘Oh, no, it’s not…’ I started.

But the Japanese woman kept on smiling and took her money.

‘It’s alright. This is my present for you. I hope you enjoy your trip around Japan.’

I thanked this man, bowed to him and left the shop. The street was darker than my empty stomach. I went by the sea to enjoy my gigantic, sweet apples. I was so happy I even shared the apple’s heart with the deer that were following me everywhere.

Did I ever told you how much I love apples?

—————————————-

Eran ya las siete de la tarde y yo aun seguía paseando por Miyayima. Hacía un par de horas que había caído la noche, con lo que los unos viadantes eran turistas perdidos, como yo, y los ciervos salvajes. No quedaban abiertos más que unos pocos locales pero mi estómago no dejaba de rugir – claro, después de haber subido y bajado Monte Misen, necesitaba recargar energía. Me puse a buscar algún supermercado o tienda en el que gastarme unos pocos cientos de yenes – los restaurantes de los alrededores estaban, tristemente, a kilómetros de mi magro presupuesto.

Finalmente me encontré un pequeño local al fondo de una callecita. Allí vendían una buena selección de fruta fresca – pero, como sucede en Japón, todo era terriblemente caro. Así pues, me puse a calcular cuáles eran los productos más baratos pero al mismo tiempo consistentes. En esas estaba yo, cuando de repente escuché una voz a mis espaldas.

– Hola. ¿Es que no sabes cómo pedir lo que quieres en la caja? Si quieres lo puedo hacer yo por ti… – me dijo un hombre japonés joven que iba vestido con un elegante traje azul.

– Ah, no, gracias, de verdad, solo estoy eligiendo – le respondí en inglés, agradecida por su interés.

Finalmente, me decidí por un par de enormes manzanas rojas y suculentas. Las puse en el mostrador, delante de la dueña de la tienda, una sonriente señora japonesa de mediana edad. Abrí mi mochila para buscar cambio, cuando el hombre del traje azul volvió a aparecer por detrás y, rápido como el rayo, dejó el importe exacto al lado de la caja.

– Ah, eh… no hace falta, de verdad…

Pero antes de que pudiese hacer nada más, la sonriente señora japonesa había guardado el dinero en la caja.

– No pasa nada, es un regalo. Espero que disfrutes tu viaje por Japón – me respondió él.

Le dí las gracias al hombre, hice las reverencias pertinentes y me fui de la tienda. Fuera, la calle estaba tan oscura como mi estómago vacío. Me fui al lado del mar a disfrutar de mi cena. Me sentía tan feliz y generosa, que hasta compartí un poco de las manzanas con los ciervos salvajes que no dejaban de seguirme a todas partes.

¿Os he comentado antes lo mucho que me gustan las manzanas?

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