Escritora Errante 6: ¿Máster en Creative Writing?

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El roble mágico que crece en el departamento de Creative Writing en Láncaster…

Me decidí a hacer un máster en Creative Writing por dos sencillas razones. Me encanta viajar y el inglés es el idioma que más lejos me está llevando por el momento. Era septiembre del 2013, acababa de volver a Madrid desde Edimburgo (¡menudo cambio!) y ya estaba pensando en marcharme otra vez.

‘Me encanta escribir y viajar… un máster en  Creative Writing no estaría nada mal…’, pensé.

Porque cuando en la Universidad de Edimburgo vi que se podía estudiar Creative Writing se me abrió un mundo. Sé que en España hay cursos de Escritura Creativa, y probablemente empiece a haber másters en las universidades privadas. Pero como soy pobre como una rata jamás valoré esa opción. Además, siendo honesta, no creo que hubiera pagado por hacer un máster de escritura en mi propio idioma. En inglés me parece una idea mucho más estimulante, porque no solo estoy haciendo lo que más me gusta en el mundo (¡escribir!) sino que de paso profundizo en otro idioma para perfeccionarlo. Dos pájaros de un tiro.

¿Habéis considerado alguna vez estudiar Creative Writing? ¿Estáis pensando en hacerlo? Aquí van mis consejos basados en mi propia experiencia…

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Writing in… Glencoe Café

Highland's cafe

There’s nothing more inspiring than the Highlands because, I promise you, they’re the best cure for the Artist’s Ego disease. Don’t you know what I’m talking about? Let’s be honest, we all want to be the next Shakespeare and/or write the next Fifty Shades of Grey

But when you are in Glencoe – West Highlands – and find yourself completely soaked in icy rain, with your body shaking under the wind and the sky is black and threatens to fall on the ancient mountains so they break and devour you… Then you feel the smallest and humblest creature on Earth. And I tell you, you might be even an atheist but you will pray to come back alive. The Highlands are like an old dragon. Terrible and fascinating.

I first went to Glencoe on April 2013, when I was living in Edinburgh. Because I was a poor student without a car I took the train to the furthest place I could find – Fort William – and booked a room in the cheapest hostal – Ossian Hotel. Now I woudln’t recommend this place to stay unless…

A) You’re a fan of The Shinning – the red carpetted corridors are smelly and equally creepy!

B) You want to get involved in Fort William’s local life – they were many of local aracnids in the toilet.

C) You have a fetish with vouyerism. The toilet window was a large one facing Fort William’s main street. And it didn’t have curtains – or anything – to cover it. Yep, I’m saying that every time you wanted to take a sh* or a shower virtually anyone could see you.

Nevertheless, what I do recommend is the trip I made by train from Edinburgh to Fort William. This is one of the most inspiring train trips ever – I love trains – and I won’t talk more about it because it deserves a whole new post.

Let’s come back to Glencoe now, whose name actually means ‘hell of never ending hard rain’ in Gaelic*. A bus from Fort William can take you to Glencoe village in half an hour. You will enjoy an impressive scenery – Loch Linnhe surrounded by dark woods. Glencoe village is a holiday place, which means that if you go on Summer the colorful cottages would be full of flowers and little dogs barking in the backyards – there is also a special cottage whose backyard is crowded with tiny china figures, quite spooky. If you go on November – as I did once – is a ghost village. But still pretty.

Glencoe Village’s main – and sole – attraction is Glencoe Folk Museum. Although I would like to, I haven’t visited it yet because you have to pay three pounds. Yes, I know, it’s not that much. But if you go to Glencoe you go to suffer – I don’t own any lovely cottage there, I go for hiking. So it seems a bit too much to spend, because if you have money believe me you want to save it to have one, two or three super warm coffes/teas/hot chocolates when your bones are frozen and you cannot stand Glencoe’s weather any more. Which takes me to the purpose of this post…

Glencoe Cafe is the coziest Highland’s cafe I’ve never been to. My perception might be biased because I always come to this place feeling miserable after a long hiking in Glencoe – and I have more in common with a smelly wet dog than a human being. Yet when I leave I always feel myself again. And warmer.

The best thing about this place is that it opens all year around. Even in Winter, when Glencoe is dead, it will be open. I cannot explain with enough words the happiness I experienced when I realised I could have a hot coffe here in November.

The local is small but very clean – and it has free Wi Fi. You’ve a few tables and a big sofa by the window – wher you can enjoy Glencoe’s beauty from a safe place. In Winter they even have tartan blankets – I just love them – in each of the chairs. There’s always music – pop-rock songs – and the smell of soup and home baked scones. The prices are alright – If I had the only Cafe in Glencoe I would be selling my coffes for ten pounds at least, but oh well… If you ask for a large cup  of mocca – I did so in November, obviously – you’re going to recieve a big pool of the sweetest coffe mixed with chocolate. Totally worth it.

Everytime I go they have cakes and they look awesome, but in the end I always go for the scone – I like scones because they’re not too sweet. Their scones are just delicious and you can tell they are home made. You also have colorful postcards with original drawings from the Highlands and things like soaps and pictures to buy. They’re a bit expensive though.

The owners are always friendly. Last time I was there – August 2015 – they even gave me paper and a pen to draw. And you can stay there forever – well, until they close. I remember nursing my gigantic mocca, reading The French Lieutenant’s Woman and imagining the characters of Mrs McLean’s Cabinet of Curiosities (my last novella) wondering around the Highlands…

Glencoe Café is the perfect place to write Gothic Horror.

*Not really… but it would have made a lot of sense…

Escritora Errante 3: Lluvia gallega en Madrid.

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En el verano de 2013 comprendí que quería dedicarme a la escritura. Sé que la gente (los escritores especialmente) suelen ponerse lívidos cuando las jovenzuelas como yo se acercan a ellos con los ojillos brillantes y diciendo cosas como ‘quiero ser escritora.’

Pero es cierto. Quiero. I want to make a living on my words. No me importa si es escribiendo sobre fútbol (no sé nada sobre este deporte, ni siquiera me gusta), marcas de maquillaje (si no se ni hacerme una línea decente con eye liner, por favor…) o los niveles de suavidad y absorción del papel de váter. A mí lo que me gusta es contar historias, y se pueden contar sobre tantísimas cosas. Nada me hace sentir más feliz y equilibrada que golpear las teclas del ordenador hasta que retumban las vigas del techo o rayar con mi pluma la página en blanco.

Cuento historias desde que tengo uso de razón. Mi abuela dice que recuerda a mi madre por las noches, frente a la cuna, escuchándome hablar cómo embobada. Mi abuela pensaba, ‘¿pero qué hace esta peduga que no calla ni un segundo delante de su madre?’ Probablemente mis balbuceos de aquel entonces tenían escaso sentido (creo que mi madre los escuchaba porque todas las madres están orgullosas de sus retoños, lo tienen escrito en los genes) pero estoy segura de que ya entonces sentía ese calorcillo en el estómago. Necesito expresarme a través de las palabras.

Obviamente cuando me hice ‘mayor’ tuve que estudiar algo ‘de provecho.’ Hice un poco de trampa y desoí los consejos de mis profesores y progenitores. No estudié Medicina ni cosas útiles, sino que me largué a por los idiomas pensando, ‘bueno, al menos viajaré.’ Y la verdad no me ha salido tan mal, porque viajar por las Islas Británicas sí es algo que estoy haciendo.

Aquellos años en la universidad no fueron muy buenos para mi creatividad. Escribí una novela corta y una novela larga en el género de steampunk porque estaba enamorada (el amor a veces, a demás de destruírme, me inspira). Luego otra novela corta realista justo al terminar mi año de Erasmus en Edimburgo porque me rompió el corazón abandonar esa maravillosa ciudad. Necesitaba tejer un hilo de letras entre sus viejos y húmedos edificios y mi alma, en la que siempre estará Arthur’s Seat. A parte de eso, mis años académicos fueron exasperantes y tristes. Exámenes, memorizar miles de cosas sin sentido. La Lingüística se me atragantaba y la Literatura, aunque era más interesante, también me aburría porque no nos dejaban ser creativos, siempre había que memorizar las interpretaciones de los críticos o de nuestros profesores. En ese sentido me siento muy identificada con José Antonio Cotrina, uno de mis escritores favoritos que dijo en una entrevista que sus años en la universidad estudiando Publicidad y Relaciones Públicas fueron los más estériles creativamente hablando.

Luego tuve mi primera experiencia laboral real haciendo prácticas en un medio de comunicación, la cadena SER, en el verano del 2013. El trabajo era increíble: redactar guiones, asistir a la emisión en vivo de los programas y entrevistar a artistas famosos (tuve la suerte de que me pusieran en la sección de Cine y Literatura). Trabajábamos muchas horas (de nueve de la mañana a ocho de la tarde, generalmente) pero el ritmo era excitante. De hecho, el periodismo es muy adictivo, y ahora puedo entender por qué los periodistas nunca paran por casa y son siempre personajes interesantes en las series americanas como Freddie en Hannibal o Zoe en House of Cards.

Sin emargo, cuando llegaba a casa por la noche a las diez, estaba mentalmente exhausta. Me hacía una cena rápida y me tiraba en el sillón en frente de la televisión a ver Homeland. Los fines de semana iba a visitar a mi amiga y a su bebé en Villaverde Bajo, o me iba con otros amigos a hacer senderismo a la Sierra de Guadarrama. ¿Pero coger el ordenador para escribir? Tras horas y horas redactando guiones y buscando en la red información sobre la gente que entrevistábamos, era la última cosa que quería hacer.

Me puse triste.

No sé como explicarlo, pero era ese tipo de tristeza que casi no se nota, como la lluvia finísima en Galicia. Caminas por los bosques y ni te molestas en ponerte la capucha del chubasquero, pero cuando llegas a casa estás chorreando. Eso me sucedía a mí. El trabajo era increíble, y sé que fui muy afortunada de poder hacer esas prácticas en un sitio tan interesante en vez de estar sirviendo cafés o de cajera en un supermercado (con todo el respeto del mundo a quienes tienen estas profesiones.) Pero al final del día me di cuenta de que no era lo que quería hacer. La tristeza es húmeda y te oxida poco a poco. En mi caso, lo va nublando todo paulatinamente, se traga los colores y la luz. Cuando abres los ojos por las mañanas y el mundo es un lugar gris, monótono y aburrido, ¿qué sentido tiene todo lo demás?

Un pez necesita nadar en el agua. Los pájaros baten las alas y vuelan. Los topos excavan madrigueras en lo profundo de la tierra. ¿Por qué? Nadie se pregunta esas cosas. Fueron creados así. Yo fui creada para contar historias. Antes me daba vergüenza decirlo en voz alta porque pensaba que era egoísta o estúpido. ¿Contar historias? ¿Quién necesita historias? Existen millones de historias out there.

-De la escritura no se vive.

-Si quieres escribir necesitas un trabajo para darte dinero.

-No te dediques a esto, mira que mal me va… etc.

Eso te dicen constantemente. Y tienen razón. Pero, ¿sabéis qué? En España esas frases se pueden aplicar a cualquier profesión ahora que estamos en crisis. NO hay trabajo digno seamos escritores, científicos o camareros. Así que bueno, si me voy a morír de hambre de todas formas, por lo menos que sea haciendo algo divertido.

Ahora que me dedico a la escritura soy más pobre que nunca. Voy a perder mis (escasos) ahorros haciendo un doctorado de Escritura Creativa en Lancaster al mismo tiempo que, cual sangüijuela, sigo chupando dinero a mis padres, porque las clases de español que doy no me dan para mucho. Y el dinero que gano escribiendo en inglés es también muy escaso.

Pero qué feliz soy.