Escritora Errante 21: ¿Y Ahora Qué?

Empty room galgate
¡Hasta nunca, extraña habitación asimétrica llena de nidos de araña!

Me ha costado mucho escribir este post porque interiormente aun me siento dolida y asustada. Parece una broma, ¿no? En un año en el que me he sentido más y más desarraigada va y sucede Brexit y las nuevas elecciones generales en España. En fin. La posibilidad de mudarme a una isla deshabitada en el medio del océano Pacífico y formar mi propia comuna cada vez me parece menos descabellada…

Pero, por otro lado, al fin me he mudado (¡al fin!) y ya no tengo que volver a Galgate, ese pueblo fantasma, nunca más.

Últimamente me ha dado por pensar en cómo debían sentirse los juglares de la oscura Edad Media, yendo de un pueblo a otro compartiendo historias. Seguramente sabían varios idiomas y llevaban poca cosa en el macuto pero la cabeza llena de ideas. Un poco como yo.

¿Son todos los artistas nómadas? Yo creo que, de alguna manera, todos somos un poco viajeros porque vamos a lugares recónditos (de manera figurada o literal) a buscar inspiración. Y nos llevamos a los lectores / a la audiencia con nosotros.

Y por otro lado, cuando veo las noticias en Reunido Unido sobre la xenofobia (que siempre ha estado presente, como en cualquier otro país, imagino, pero ahora como que duele aun más) y me doy cuenta de que soy ‘la de fuera’ me da pena. Pero a los dos segundos recuerdo que siempre me he sentido así en todos sitios y grupos, y es que los artistas somos (y nos encanta sentirnos) un poco raritos. Los Gregor Samsa del barrio.

¿Qué pasa con los artistas en tiempos de crisis? Vivir en un sitio con un gobierno como el de España, donde las libertades más básicas están que penden de un hilo, no me apetece nada. Como mujer y ser humano simplemente me niego a creer que no haya algo mejor, por mucho que eche de menos a la familia y al sol.

¿Acabaré en una orquesta itinerante, como en Estación Once? Pues mira, prefiero eso a tener un trabajo convencional. Me siento como el personaje de Miranda en esta novela, que se dedica a dibujar a escondidas una novela gráfica mientras hace como que trabaja en su oficina.

A veces me pregunto qué demonios hago escribiendo en inglés y cómo me las he arreglado para convertir algo que amo (la escritura) en una obligación con todas las fechas de entrega de este doctorado. Pero, siendo realista, si no tuviera esta ‘obligación’ de escribir no tendría ni fuerzas para levantarme por las mañanas. De hecho, un libro que me está ayudando a volver a mis letras con el antiguo entusiasmo es On Writing (Mientras Escribo), de Stephen King. La voz de esta autor es cálida y como un verdadero bálsamo si estáis pasando por el Bloqueo del Escritor. Honesto, divertido… Stephen King no es un superventas por nada. Y si (como yo) sois fan de sus historias de terror, ¿a qué estáis esperando para haceros con una copia? Os confirmo que es tan bueno como dicen, y muy diferente a los clásicos How To manuales de escritura. (Por cierto, que con una infancia como la que tuvo, ¡no me extraña que escriba los libros qu escribe!)

En fin. Me voy a dar una vuelta porque, encima, se me ha roto la bicicleta y me toca ir andando a todas partes (menos mal que lo de andar me va). La incertidumbre interna y externa pesa como llevar una mochila de hierro, pero, de alguna manera, he alcanzado el punto donde ya estoy aburrida de estar triste.

¡Mil gracias por leerme!

Y a vosotros, ¿cómo os va?

 

Escritora Errante 15: Cenando palabras.

Nieve-Lancaster
Primavera en Lancaster

Empieza la primavera – pronto – pero en vez de sentirme contenta de ver los daffodiles y snowdrops salir  sigo triste y apesadumbrada. En esta semana me estaba preguntando por qué he elegido este camino. Por qué ando en una pequeña ciudad del norte luchando contra los elementos, subiendo y bajando colinas con mi bicicleta, siempre cargada de libros.

¿Por qué?

En días como estos me viene bien recordar las X razones por las que he decidido ser escritora – a toda costa.

1. Para pasar el rato. Y es tan cierto… Cuando era una pequeña seta mis padres se empeñaban en llevarnos a mi y a mi hermana pequeña de senderismo. Subiendo montes de aquí para allá para contemplar ‘vistas’ or acabar en algún pueblo rural perdido con casitas de pizarra negra y dos habitantes. Por supuesto yo lo odiaba: el calor, el sudor, el hambre, lo que duelen los gemelos y las pantorrillas cuando una lleva subiendo una cuesta durante horas… Lo único que me hacía pasar el rato era contarle historias a mi hermana pequeña. A veces eran películas que había visto en la televisión o libros que había leído (pero siempre con mis propias variaciones, para hacerlos más interesantes). Otras veces eran sagas enteras que me iba inventando sobre la marcha. En cualquier caso,esto me aislaba de la cruda realidad (cuestas después de cuestas y después de más cuestas) y la caminata de tres horas se me hacía bastante más corta.*

2. Subidón. A veces es cuando estoy escuchando una canción, otras es al ver una imágen o tener un sueño… Pero de vez en cuando a mi cerebro le dan chispazos (o cortocircuitos) y me vienen ideas sobre personajes o historias. El corazón me empieza a latir muy rápido, los dedos se me mueven como si ya estuvieran escribiendo sobre el teclado y la boca se me seca. Son los signos de la inspiración (o la addicción a alguna sustancia, lo sé) pero soy completamente dependiente de ese subidón que da empezar una idea nueva. Y no puedo (ni quiero) dejarlo.

3. Palabras bonitas. Cuando intento hacer muffins se me explotan en el horno. O cuando los saco tienen formas extraterrestres. O una capa de corteza seca encima que no hay quien se la trague. O incluso dan dolor de estómago a mis – pobres – amigos. Sin embargo, cuando escribo una historia la gente me dice que se han entretenido leyendo – o que les han entrado ganas de vomitar si se trata de alguno de mis cuentos gores, pero eso también lo cuento como un halago. O me pagan por escribir. Así que por el bien de la humanidad y el de mi cuenta bancaria (o porque me gusta escuchar cosas bonitas de vez en cuando) sigo juntando letras…

4. Multipersonalidad. ¿A veces habéis deseado tener varias vidas? ¿Qué habría pasado si en el cole hubiérais elegido estudiar ballet en vez de baloncesto? ¿Y si no fuérais de España pero de Japón? ¿Y si no fuérais humanos sino un gato amarillo sobrealimentado? Bueno, una puede imaginar todas esas respuestas a través de la escritura. Es como soñar despierto, o tener un ticket de viaje que te permite ir a todos sitios del universo y meterte en la mente de cualquier – desde tu vecina hasta un ácaro. No sé, pero a mí que soy tan curiosa me va bastante…

5. Para alejar las nubes. He probado lo que es trabajar 14 horas al día en algo que me gusta pero que no es muy creativo… Y aunque disfruté mucho de la experiencia me di cuenta de que por el bien de mi salud mental, y para mantener a raya la tristeza, necesito escribir o hacer algo creativo diariamente. Lo que es muy curioso, porque ahora mismo a costa de estar haciendo lo que más amo (escribir) me encuentro sin un duro, con lo que necesitaría volver a trabajar, pero… eso fue precísamente lo que dejé para venirme aquí a Lancaster.

No entiendo nada.

Si una pudiera alimentarse solo de palabras…

¿Cuáles son las razones por las que escribís? ¿Qué es aquello que os arrastra por el tortuoso camino del autor?

 

*Cosas de la vida, ahora soy una apasionada del hiking (senderismo) en Inglaterra y hago cosas tan locas como irme al lake district a subir montañas mientras graniza y nieva al mismo tiempo.

Escritora Errante 14: House of Shaws.

Lancaster27:02:16

Un hogar. Desde siempre ese ha sido un tópico en la literatura. Ulises u Odiseo se va de casa para luchar en una guerra y tarda veinte años en volver (pobrecito). ¿Pero qué sucede cuándo no se trata de volver si no de encontrar un hogar? En ese caso estaríamos hablando de algo más parecido a la historia bíblica de Noé. Después del diluvio universal, Noé se tuvo que buscar un sitio nuevo en el que vivir con su familia. Esa es más parecida a la historia de un inmigrante.

Desde hace unos meses el tema del hogar me da qué pensar. Nunca me había sentido más desubicada, perdida o desconectada. No sé si esta es la experiencia normal del inmigrante o del estudiante extranjero (yo soy, técnicamente, esto segundo). Quizá solo está en mi cabeza y es como una tragedia griega que mis sentidos y percepciones se encargan de representar (exajerando). Pero es que pienso en volver a ‘casa’ (el lugar donde vivo ahora mismo) y se me hace un nudo en el esófago, justo bajo la garganta, y me escuecen los ojos.

Muchas heroínas deambulaban con mi edad. Por ejemplo, a Jane Eyre la sacaron de una casa en la que la maltrataban para meterla en un internado donde la trataban aun peor… finalmente encontró trabajo como institutriz en el lúgubre Thornfield Hall – que al cabo de los años, irónicamente, acabó por ser su hogar.

La historia de una de mis novelas gráficas favoritas, Persépolis, narra las aventuras de una chica a caballo entre Irán (en guerra) y Europa.

Harry Potter tenía que volver a Private Drive todos los veranos y dormir en el cuarto debajo de la alacena (sin ventanas ni nada) aguantado a los Dudley.

Obviamente, a mí no me maltrataban en casa ni mi país está en guerra ni en mi casa me hacen dormir en la alacena. Vine a Reino Unido por voluntad propia, y me encanta lo que hago. En España no podía hacer lo que de verdad me gusta (escribir) pero aquí me estoy labrando una carrera en ese campo.

Vivo en una casa perdida en un pueblo fantasma llamado Galgate. Vivo con mi casera, una señora mayor que lo único que hace es beber vino mientras ve la televisión. La casa es vieja, la pintura de las paredes se cae a pedazos. Los rincones están llenos de pelusas del tamaño de cachorros de gato. Hay plantas dentro de la casa cuyas hojas secas alfombran la moqueta, llena de manchas misteriosas. La casa está llena de liebres (liebres de peluche, liebres de porcelana, tazas de liebres, platos de liebres, cuadros de liebres… etc) porque son el animal totémico de esta señora (por lo visto). Todo esta sucio, pegajoso y lleno de bichos (muertos y vivos). Y botellas de vino vacías. Y copas y platos sucios. Y, por supuesto, cumbrian spiders (clickad en el enlace para ver una maravillosa foto). Todo huele a húmedo, a fluídos, comida podrida.

Pero no solo es eso. Es el hecho de estar fuera, luchando, todo el día. Luchando para completar este doctorado, para  estar al día con mis trabajos de profesora de español y traductora, para solicitar más trabajos porque estos no me dan para vivir, para pedir becas que me ayuden a completar el doctorado… luchando para sacar el programa de radio adelante, para que me publiquen algo, para comunicarme en un lenguaje que a veces e frustra.

Y al final del día tengo que volver a ese lugar donde no me encuentro. Es la sensación de ser un huesped, de residir en un espacio que se me hace hóstil. No sé si merece la pena callar y aguantarse o intentar buscar algo mejor, deambular de aquí para allá con mis maletas, mis cacharros y mis libros.

Podría ser peor. En la trilogía Los Juegos del Hambre, bombas destruyen el Distrito 12 dejando a Katniss sin casa y prácticamente sin amigos o conocidos.

En La Casa de Hojas, la susodicha casa es el monstruo de la novela que devora uno a uno los personajes (que en ese caso estaban mejor fuera de la casa que en ella).

Soy un poco como David Balfour en la novela de Stevenson Kidnapped (Secuestrado) viviendo en la ruinosa  House of Shaws (aunque espero que mi casera no me venda como esclava en un navío…)

¿Cuánta importancia créeis que tiene el hogar? ¿Vivís en una mansión o espacio de esos de literatura?

 

 

 

 

Escritora Errante 11: Ríos.

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Escribí esta entrada el 6 de diciembre de 2015, cuando Lancaster acababa de sufrir un corte en el suministro eléctrico debido a las inundaciones de varios ríos.

Últimamente tenía problemas para escribir mis quinientas palabras diarias, pero mira por dónde hoy ese va a ser el último de mis problemas. Supongo que a España estas noticias no llegan, porque a nadie le importa Lancaster, esa pequeña ciudad con castillo en el Noroeste de Inglaterra. Después de estar lloviendo un mes los ríos se han desbordado y la estación eléctrica en Lancaster se ha inundado. No hay electricidad, ni internet, ni cobertura en los móviles.

Esto es bastante relevante, ya que estoy escribiendo una novela corta de Ciencia Ficción sobre un mundo en el que siempre llueve. Nunca pensé que llegaría a ver imágenes post-apocalípticamente inspiradoras tan cerca de casa. Qué cosas.

Llevábamos todo noviembre lloviendo sin parar, y mi humor pasaba de gris a negro e incluso peor. No dejaba de pensar que el tiempo era especialmente malo – incluso para Inglaterra – pero la mayoría de las personas me miraban con una media sonrisa por eso de que soy española y claro, tanto sol mientras crecía en mi Madrid me he convertido en una malcriada…

Cielos grises, la lluvia inclemente cual amenaza divina… Ahora mismo me acuerdo mucho de que alguien – no sé quién, pero esa persona merece ser arrojada a un río, lo siento – decidió que el Distrito de los Lagos – uno de los lugares más hermosos del planeta – sería un buen lugar para deshacerse de residuos radioactivos.

No sé si la naturaleza tiene algún tipo de alma – lo dejaremos en misterio – pero cuando el río Conder – que pasa muy cerca de mi casa – bajaba marrón, espuma amarillenta, a toda velocidad, como nunca lo había visto antes… Estaba enfadado, iracundo, y no es una metáfora, es la emoción que me embargó al verlo.

Como el río Ouse en York hoy – estoy en York, por azares del destino he logrado escapar de Lancaster – que también se ha desbordado, y podéis ver en la foto. Ese paseo de adoquinado al lado del río por el que yo caminaba tan feliz al sol este pasado septiembre se encuentra completamente inundado, los primeros pisos de las casas y los soportales completamente cubiertos. Una señal de tráfico. Una grúa. Todo ha dejado de ser una herramienta humana, un elemento más de la ciudad para convertirse en huesos, fantasmas. El Ouse no está enfadado, está pletórico. Cubre todo con sus aguas, se adueña de la ciudad que con tanto ahínco se h ido construyendo a través de los años, piedra tras piedra. Parece querer decir, aquí estoy yo, como estuve siempre antes que ninguno de vosotros, y este es mi reino.

La naturaleza puede convertirnos en polvo en un solo instante. Y la electricidad, los teléfonos, el internet… sirven para cualquier cosa menos para emergencias. Anoche, cuando se fue la luz por primera vez, me fui a dormir ligeramente angustiada. La lluvia seguía cayendo y no podía evitar pensar en el Conder, furioso.

No dejo de pensar en Station Eleven, el libro que leímos en el club de lectura de Ciencia Ficción este trimestre. La historia de un mundo que se va al carajo porque un virus que viene de Georgia – los virus malos siempre vienen de lugares remotos, no de EEUU o cosas así – mata al 99% de la población. Ellos también se quedan sin electricidad, sin agua… el caos y la angustia de esta sociedad fantasma – todo lo que ‘importa’ es intangible.

Bosques oscuros. Tan solo los brillos de los ojos de las ovejas que aun siguen pastando después de que el sol se haya hundido bajo las montañas pasadas las cuatro de la tarde. Recuerdo cuando andaba por el Distrito de los Lagos, Great End. La noche empezó a caer y yo seguía por las alturas. Recuerdo el color del cielo: el azul se volvió más intenso, oscuro y brillante a un tiempo. Añil. La luna se veía enorme entre las montañas,  con un tinte plateado, y las primeras estrellas empezaban a salir pero aún era de día. Nubes rojas en el horizonte, y dorado donde el sol empezaba a estrellarse, contra los riscos.

Cuando la noche se derramó completamente sobre el valle, solo se veía la luna, lejana y distante, ahora dorada, majestuosa. La luna de lejos vigilando como una madre atenta siempre al lado del bebé que dueme. Mil estrellas encima, y debajo brillos aquí y allá, como jemas de jet, titilando, velas de materia oscura. Los ojos de las ovejas. Las ovejas siguen pastando pese a todo en esas noches largas que empiezan demasiado pronto a comerse a Inglaterra.

Durmiendo en York pero pensando en Lancaster. En los campos vacíos, en la ciudad dormida, sin luz, sin ruido, simplemente existiendo.

Escritora Errante 9: Corriendo aventuras.

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Salir a correr y empezar a escribir en serio fueron dos cosas que me vinieron casi de la mano. Nunca he sido una persona especialmente activa o amante de los deportes, pero desde que considero ser escritora profesional me he dado cuenta de lo importante que es asegurarme una cierta dosis de ejercicio diario. No solo por la salud física, sino por la mental. Sí, ya sé que dicen que escribir es una actividad solitaria, pero tengo sentimientos contrarios al respecto.

Es cierto que para escribir uno necesita soledad y recogimiento. La famosa hoja en blanco, o el temido proceso de edición son dos cosas que uno tiene que hacer solo. Como los guerreros que tenían que sobrevivir una noche entera solos en el bosque para ser considerados como tales, escribir historias tiene un poco de reto salvaje.

Sin embargo, las historias beben de imágenes e ideas, y por lo general, la musa no visita en horas fijas – por lo menos no la mía. Mi imaginación tengo que nutrirla y mantenerla fresca y activa, si no se me agarrota. Y para ello necesito salir fuera, tener experiencias, visitar lugares nuevos, conocer gente… en definitiva, correr aventuras.

Correr. Siempre lo odié. De pequeña, en la escuela, Educación Física era mi nemésis personal. Primero por todo ese rollo de tener que hacer grupos o encontrar pareja – no, no era la niña más popular de la clase – y luego porque hacer ejercicio duele. Puede doler mucho.

Tampoco ayudó el famoso test de Cooper al que un sádico profesor decidió someternos sin previo aviso – ni entrenamiento. No sé cuántas vueltas tuve que dar al patio, solo recuerdo el mareo. los pinchazos en el costado y la visión túnel cuando me desplomé al final del maratón.

Pero a los diecinueve años empecé a sufrir ataques de pánico y una de las cosas que me recomendaron en el tratamiento era hacer ejercicio y seguir unas pautas del sueño. En aquella época los ataques de pánico eran un lastre tremendo, y yo estaba dispuesta a hacer cualquier cosa con tal de librarme de ellos. Incluso correr.

Cuando eres una persona que siempre está liada con mil cosas, correr es la actividad ideal. Puedes hacerlo en prácticamente cualquier sitio, con cualquier tiempo – sí, en Lancaster corro con granizo y todo – y el equipamiento es mínimo. Para animarme, me leí De qué hablo cuando hablo de correr, de uno de mis escritores favoritos, Haruki Murakami. Ese libro marcó un antes y un después en mis correrías. Desde entonces, como Murakami, veo lo de trotar y escribir como dos actividades complementarias. Llevo corriendo de manera regular casi dos años, y me encanta. He notado muchísimo la mejora física. Y además, mi interés por correr me ha llevado a otras cosas como el senderismo o el yoga, dos actividades que ahora también disfruto mucho.

Cuando corro escucho música y pienso en mis historias. En ese momento es como si los engranajes de mi imaginación empezaran a moverse a la misma velocidad que mis piernas, y las ideas surjen como chispas.

Además, –y esto es lo aseguro – una se sienta a escribir mucho más fresca después de correr o hacer yoga o darse una caminata que si ha pasado todo el día en casa sentada en el sofá.

No os voy a engañar, levantarme a las 6.30 de la mañana para salir a trotar nunca me apetece. Pero el subidón de energía que me entra media hora después es tan adictivo – por no hablar de la frescura diaria, le he cogido el gusto a sentirme como una lechuga – que se ha convertido en uno de mis hábitos favoritos.

¿Lo habéis probado? ¿Practicáis algún otro deporte? ¿O las ideas os llegan mientras estáis tumbados en la cama?

 

 

 

 

 

My Sweet Cumbrian Monster

Cumbrian Spider

Recently I moved to a room in Galgate (AKA The End of The World) in an old cottage close to the river. One morning I got up at 6.30 to run in the canal. The gods decided to reward my strong will – the canal is the wettest, coldest, darkest and muddiest place one can imagine – with a beautiful sight first thing in the morning. A 4 -inches spider in all is hairy glory.

But I’m a lovable, pacific person. So I took a tupperware which was not mine – obviously – trapped her – it had female vibes – and threw her out of the window. Gently.

Normally I would have screammed as hell at the sight of such a monstruous arachnid – or any arachnid in fact – but when you’ve woken up so early to run you just want to do it and nothing – not even a 4 -inches hairy spider – is going to get on your way.

Next day, she was waiting for me in the same place of our first encounter. The right side of the bathtub.  I decided to call my male flatmate thinking that maybe he could spare me the tension of taking the spider while thinking she can scape at any moment and run with its hairy legs all over my body – brrr. But he turned out to be more scared than me and stood in the toilet’s treshold trembling while I – again – took the spider and threw it out of the window again.

Two days later I discovered TWO identical spiders in the kitchen. One close to the rubbish can and the other one enjoying the views beside the window. I took them out.

The morning after, I opened the door to go out to university… and guess who took the chance to run inside… my friend, the big hairy spider!

I surrendered to the evidence. Our life paths were connected.

Next week I gave the spiders names. They’re an amorous couple and they are called Cordelia and Paco. My landlady says they’re just looking for holes in the house to hibernate and she promised me they won’t go inside my room.

Yesterday I saw a slightly smaller spider in the bathtub again… Cordelia and Paco’s offspring? My heart was full with tenderness and I had to do a strong effort to content the tears.

(Still, I must confess I keep having recurrent arachnid nightmares…)

Escritora Errante 4: Habitaciones vacías

Empty room

Dicen que en la vida hay tres eventos muy estresantes.

  1. Mudarse de casa.
  2. Dejar una relación.
  3. Empezar un trabajo nuevo.

Y, este mes, doy positivo en dos y medio. Voy a empezar mi nuevo trabajo (bueno, un doctorado, pero es lo mismo, porque por lo visto voy a trabajar como una burra). He empezado recientemente una nueva relación (lo que me descoloca tanto como romper, la verdad). Ah, y lo mejor, me he mudado.

Dejad que os cuente la historia.

Lancaster es una ciudad pintoresca, histórica (con castillos y brujas) bohemia… y pequeña. Yo pensaba que este septiembre estaría mudándome al centro, para poder ir al Caffè Nero todos los días (ja, si mi bolsillo se lo pudiera permitir…) visitar las Assembly Rooms para buscar accesorios steampunk y libros chulos, irme de fiesta los viernes por la noche por Apothecary sin tener que preocuparme por coger el bus de vuelta y perderlo y tener que hacerme cuatro millas a pata en lo frío y oscuro de la noche… Me iba a mudar con una amiga muy amiga, también escritora, y la nuestra iba a ser una casa de artistas locos en la que probablemente iba a nacer el siguiente Círculo Bloomsbury. Todo iba de perlas hasta que dicha amiga me anunció, a principios de Agosto, que se iba a Nottingham, que es una ciudad más grande (y, por tanto, con más posibilidades de encontrar trabajo).

Me dejó helada. ¿Sabéis lo difícil que es encontrar una habitación en Lancaster en Agosto? La mayoría de los estudiantes empiezan a mirar y a alquilar en Enero, para que os hagáis una idea.

Me tocó ver todas las habitaciones que quedaban aun sueltas, aquellas que ya nadie quería.

Por ejemplo, una habitación pequeñísima sin armario. El casero me dijo que podía usar el angosto cuartucho del pasillo (donde se suelen dejar las fregonas y los cepillos) para guardar mi ropa…

O aquella casa en la que hubiera podido tener una habitación enorme… pero que estaba a medio construír.

O los pisos en pleno centro de Lancaster que parecían una cárcel federal… con las ventanas tan pequeñas que todas las habitaciones eran como sótanos.

Hasta que, finalmente, una señora me escribió un email muy largo. Esta señora, ya mayor, pero que decía tener espíritu joven era también escritora y había visto mi anuncio de buscar piso. Era budista, iba a empezar el mismo máster que yo he hecho dentro de un año, vivía en Galgate (aka El Fin Del Mundo) en un cottage con una perrita llamada Polly y un jardín secreto.

Tras una dolorosa y larga deliberación, decidí hacer caso a mi intuición y acepté la habitación en El Fin Del Mundo.

Dejar mi habitación en el Graduate College, donde he estado compartiendo piso con otras cinco personas a las que he acabado por coger cariño (y del bueno) ha sido algo mucho más difícil de lo que esperaba. La habitación era pequeña pero la tenía  decorada a mi gusto, con mis libros, mis fotos, mis postales de los sitios interesantes a los que he viajado este año…

En esa habitación imaginé mi primera historia en inglés, recé a los dioses para que me dejaran quedarme en Inglaterra y hacer un doctorado, tuve conversaciones de esas que marcan y perdí (por segunda vez) mi virginidad.

Lo que más me gustaba eran las vistas. Solo veía ramas afiladas y una hojarasca verde oscuro. Tan misterioso, gótico, recóndito, salvaje… Voy a echar mucho de menos esa calma melancólica.

Así que ahora vivo con esta escritora inglesa llamada Sue. Alguien me dijo que podría ser una buena oportunidad para analizar a los ingleses, para respirar, sentir, cocinar… vivir con ellos. Inmersa al cien por cien. Desde luego, como escritora, toda experiencia es bienvenida.

La casa tiene carácter. Huele a moho, las paredes se caen a cachos, todas las estanterías están repletas de libros, gafas y botellas vacías de alcohol, guardando un muy precario equilibrio contra las paredes llenas de humedades. (Si muero aplastada por una de ellas… bueno, al menos será una muerte literaria).

Mi habitación es… curiosa. También desafía a su manera las leyes de la lógica, con una chimenea que solo sirve para acumular polvo (y esperemos que no muchos entes misteriosos), unos enchufes que se esconden para que no pueda utilizarlos, un armario de IKEA hecho con palillos mondadientes, un escritorio torcido, unas estanterías muy temblonas que voy a tener que anclar a la pared si no quiero cuatriplicar mis posibilidades de abandonar este mundo y un monstruo de cama doble que se come todo el espacio y puede que se me coma a mí también. Ah, y al llegar tuve que limpiarla durante más de seis horas… no tenía muchas ganas de compartirla con una población de arácnidos nada dispuestos a pagar la renta. Soy escritora, está claro que el dinero no es algo que me sobre.

Polly, la perrita, esta sorda y sube las escaleras como la anciana canina que es (me parte el alma cada vez que la veo…) La pobre tiene incontinencia (ay, Polly, ¿por qué tuve que conocerte en el ocaso de tus días?) pero se ve sola películas de terror sentada en el sofá a las diez de la noche (lo cual confirma que es mucho más fuerte que aquí una servidora).

Sue es amable, de momento. Un compañero de clase se reía, porque ella vive en el piso de arriba del todo en un pequeño apartamentito, algo así como the mad woman in the attic… (bueno, si voy a ser Jane Eyre, ¿dónde está mi Mr Rochester?)

Su Jardín Secreto es alucinante, pero no tengo permitido entrar mientras ella está allí escribiendo en su casita de la inspiración. Prometo algunas fotos en los próximos posts.

La casa está justo bajo un enorme puente de piedra que me gusta mucho. Las arcadas son tan grandes que cada vez que cruzo por debajo me parece estar entrando en otra dimensión. Como cruzando una de esas puertas que aparcen en los universos de Cotrina. De vez en cuando veo los trenes pasar. El ruido, contrariamente a lo que se pueda pensar, no me molesta, sino que me gusta. Mucho. Ver un tren deslizarse a toda velocidad hacia quién sabe dónde alegra mi corazón. Todo en la vida son viajes.

¿Os habéis mudado alguna vez?

¿Habéis convivido con un escritor?

Quiero escuchar vuestras historias…