Escritora Errante 15: Cenando palabras.

Nieve-Lancaster
Primavera en Lancaster

Empieza la primavera – pronto – pero en vez de sentirme contenta de ver los daffodiles y snowdrops salir  sigo triste y apesadumbrada. En esta semana me estaba preguntando por qué he elegido este camino. Por qué ando en una pequeña ciudad del norte luchando contra los elementos, subiendo y bajando colinas con mi bicicleta, siempre cargada de libros.

¿Por qué?

En días como estos me viene bien recordar las X razones por las que he decidido ser escritora – a toda costa.

1. Para pasar el rato. Y es tan cierto… Cuando era una pequeña seta mis padres se empeñaban en llevarnos a mi y a mi hermana pequeña de senderismo. Subiendo montes de aquí para allá para contemplar ‘vistas’ or acabar en algún pueblo rural perdido con casitas de pizarra negra y dos habitantes. Por supuesto yo lo odiaba: el calor, el sudor, el hambre, lo que duelen los gemelos y las pantorrillas cuando una lleva subiendo una cuesta durante horas… Lo único que me hacía pasar el rato era contarle historias a mi hermana pequeña. A veces eran películas que había visto en la televisión o libros que había leído (pero siempre con mis propias variaciones, para hacerlos más interesantes). Otras veces eran sagas enteras que me iba inventando sobre la marcha. En cualquier caso,esto me aislaba de la cruda realidad (cuestas después de cuestas y después de más cuestas) y la caminata de tres horas se me hacía bastante más corta.*

2. Subidón. A veces es cuando estoy escuchando una canción, otras es al ver una imágen o tener un sueño… Pero de vez en cuando a mi cerebro le dan chispazos (o cortocircuitos) y me vienen ideas sobre personajes o historias. El corazón me empieza a latir muy rápido, los dedos se me mueven como si ya estuvieran escribiendo sobre el teclado y la boca se me seca. Son los signos de la inspiración (o la addicción a alguna sustancia, lo sé) pero soy completamente dependiente de ese subidón que da empezar una idea nueva. Y no puedo (ni quiero) dejarlo.

3. Palabras bonitas. Cuando intento hacer muffins se me explotan en el horno. O cuando los saco tienen formas extraterrestres. O una capa de corteza seca encima que no hay quien se la trague. O incluso dan dolor de estómago a mis – pobres – amigos. Sin embargo, cuando escribo una historia la gente me dice que se han entretenido leyendo – o que les han entrado ganas de vomitar si se trata de alguno de mis cuentos gores, pero eso también lo cuento como un halago. O me pagan por escribir. Así que por el bien de la humanidad y el de mi cuenta bancaria (o porque me gusta escuchar cosas bonitas de vez en cuando) sigo juntando letras…

4. Multipersonalidad. ¿A veces habéis deseado tener varias vidas? ¿Qué habría pasado si en el cole hubiérais elegido estudiar ballet en vez de baloncesto? ¿Y si no fuérais de España pero de Japón? ¿Y si no fuérais humanos sino un gato amarillo sobrealimentado? Bueno, una puede imaginar todas esas respuestas a través de la escritura. Es como soñar despierto, o tener un ticket de viaje que te permite ir a todos sitios del universo y meterte en la mente de cualquier – desde tu vecina hasta un ácaro. No sé, pero a mí que soy tan curiosa me va bastante…

5. Para alejar las nubes. He probado lo que es trabajar 14 horas al día en algo que me gusta pero que no es muy creativo… Y aunque disfruté mucho de la experiencia me di cuenta de que por el bien de mi salud mental, y para mantener a raya la tristeza, necesito escribir o hacer algo creativo diariamente. Lo que es muy curioso, porque ahora mismo a costa de estar haciendo lo que más amo (escribir) me encuentro sin un duro, con lo que necesitaría volver a trabajar, pero… eso fue precísamente lo que dejé para venirme aquí a Lancaster.

No entiendo nada.

Si una pudiera alimentarse solo de palabras…

¿Cuáles son las razones por las que escribís? ¿Qué es aquello que os arrastra por el tortuoso camino del autor?

 

*Cosas de la vida, ahora soy una apasionada del hiking (senderismo) en Inglaterra y hago cosas tan locas como irme al lake district a subir montañas mientras graniza y nieva al mismo tiempo.

Escritora Errante 13: Esos días.

Aburrimiento

Es uno de esos días. Miro la pantalla del ordenador, intento teclear, escribir mis 500 palabras diarias como sea pero no hay manera. Estoy desganada, asqueada de la vida al completo. Parece que voy cargando a todos lados con una mochila de cien kilos – no son piedras, no, son preocupaciones. Incluso después de dormir siete horas me levanto cansada. Pienso en el futuro y solo veo un agujero negro…

¿Soy la única que se siente así?

En mi caso se trata de combinar mi pasión con una forma decente de ganarme la vida. Me encanta contar historias y soy muy feliz haciendo mi doctorado en Escritura Creativa. Pero no me alimento de aire y vivir bajo un puente en Inglaterra no es muy aconsejable, con eso del mal tiempo, así que me preocupa mucho el encontrar una manera práctica de hacer dinero. Por lo pronto tengo dos trabajos a media jornada además del doctorado, y aún así lo que gano ni me paga las facturas.

Pero como hay que seguir adelante de una manera u otra – que no me convertí en una escritora errante para sufrir, sino para vivir excitantes aventuras – siempre tengo recursos a mano para ‘seguir tirando’. Y son esas cosas que le digo a mi Yo Triste en los días de lluvia.

1. Escribe, escribe, escribe.

Gabriella Campbell lo dice a menudo en sus posts. No importa que no tengas ganas, tienes que seguir trabajando creatívamente 24/7. Hoy, por ejemplo, he garabateado mis 500 palabras más mal que bien y sintiendo que preferiría que me arrancaran un diente antes que terminarlas. Pero al acabar… una se siente mejor. Primero porque has hecho algo importante en el día (¡escribir!) Segundo, por que las palabras se acumulan, con lo que al terminar estás siempre un pasito más cerca del libro/novela/historia corta… etc. Además, aunque escribas de mala uva – como yo hoy – la gente que te lee no se va a dar cuenta. Los días tristes no tienen por qué ser menos productivos: es más, me atrevería a decir que tienes que hacerlos productivos para al menos levantar esa tristeza.

2. ¡Muévete!

Desde un paseo por el parque hasta correr o irte a nadar. Corro todas las mañanas o si no, hago yoga. Pero no me quedo parada. Sentir el cuerpo anquilosado no te pone de humor, precísamente. Además, escribir es un trabajo que consume mucha energía mental, con lo que es bueno equilibrarlo con otra actividad puramente física. El año pasado salía a dar una vuelta – lloviera o tronara – cada vez que me atascaba con la trama de mi novela de terror gótico. Y vaya si me funcionaba.

3. Comparte tus experiencias con otras almas creativas.

Qué divertido es encontrarte con otro escritor, pintor… etc. con el que poder reír sobre los pesares creativos o inspirarse mutuamente… y si puede ser con unas cañas, ¡mejor que mejor! Las largas conversaciones con otra persona que entiende por dónde estás pasando y valora verdaderamente tus aspiraciones siempre rellenan la batería de la motivación. Sin mi grupo de escritores mi vida en Lancaster sería mucho más gris. Mi amiga ilustradora me trae frescura – en forma de bellas imágenes – cada vez que me sofoco con la tinta negra de las palabras… ¿Tienes amigos artistas? Si no es así, ¡corre a buscarlos! Los sueles encontrar en eventos literarios, tiendas de arte, librerías… etc. Antes yo era una escritorzuela de esas que pensaba que era mejor enhebrar historias en estricta soledad, pero tras conocer a otros escritores me di cuenta de lo mucho que alivia saber que no eres la única sufriendo un bloqueo creativo o desesperando porque la edición de tu novela parecer no tener fin…

4. Aprende de las grandes.

No solo la gripe se contagia… ¡también la grandeza! En mis días más grises – y en los felices también, la verdad – me gusta escuchar las historias, experiencias y consejos de aquellos que – resuenan campanas y un coro celestial – lo han consguido. Aquí os dejo algunas de mis artistas favoritas…

Gabriella Campbell tiene un blog que yo vi crecer hasta convertirse – como es hoy – en uno de los grandes si escribes en español.

Fran Meneses es una ilustradora freelance genial. Amo su estilo, sus gatos y su manera de ser tan natural. Su vídeo sobre la motivación me encantó (chain of doom… so true).

Being Boss podcast. Gracias a Fran Meneses descubrí este podcast (en inglés, eso sí) sobre dos mujeres que han montado sus propios negocios basados en la creatividad. Nunca me había vuelto tan adicta a un podcast, pero es que estas dos te alegran el día y además vienen cargadas de consejos más valiosos que el oro. Especialmente si estás pensando en ser freelance o ya lo eres pero quieres seguir aprendiendo.

The Writing Life. Es mi programa de radio en el que, con la ayuda de un marvilloso equipo, entrevisto a todo tipo de escritores. Es un privilegio poder sentarme delante de mis autores favoritos y escuchar las historias de cómo consiguieron publicar su primera novela, o como encontraron un agente literario… La mayoría de las veces te das cuenta, además, que son gente corriente y moliente, con las mismas preocupaciones que tú. Como Kirsty Logan – ojalá su libro The Gracekeepers se traduzca pronto al español, porque es una maravilla – que enseguida dejó claro lo mucho que sufre algunas mañanas para escribir sus 400 palabras diarias…

5. Devora arte. ¿Qué ha sido lo último que te ha inspirado? ¡Y no solo valen libros! A veces una película o una canción pueden ser incluso mejores.

Por ejemplo, Room fue una película que me dio pesadillas por la noche pero me hizo maravillarme ante lo increíble que puede ser contar una historia tan difícil como esta con la voz de un niño de cinco años – y que funcione. Tengo ganas de coger el libro – que según tengo entendido, es mucho más fuerte – para ver como Emma Donoghue consiguió el efecto. Para mí, narrar a través de una voz infantil es una de las cosas más complicadas – pero en esta película lo consiguieron, ya lo creo.

En cuestión de libros, justo ahora acabo de terminar The Loney. Es una historia gótica ambientada en Lancaster. Es una de estas lecturas en las que ‘no pasa nada’ y al mismo tiempo los cimientos del universo tiemblan, si entendéis lo que quiero decir. Me ha encantado la manera en la que el autor te arrastra a un lugar a donde – evidentemente – nadie quiere estar. Y te hace quedarte. Y observar. Más de una vez me revolvió el estómago o me provocó ligeras taquicardias. En fin, el género Gótico es mi amor verdadero en la literatura, lo quiera yo o no… Y libros como este se encargan de recordármelo.

¿Música? ¿Por qué no escucháis esta de Pearl Jam? Me ha ayudado a escribir las 500 palabras de hoy que no querían salir.

6. Hazte una taza de té. Sí, lo sé, soy adicta al café y nada me pone de mejor humor por las mañanas que una buena taza de café – eso, o sexo. De hecho, hace poco hice un post sobre cómo el café es la gasolina para mi escritura. Pero a veces no hay nada mejor que una buena taza de té – y hay mil variedades y sabores – para reconectar con tu ser artístico y ponerte ‘en la onda.’ Hace poco una amiga me ha enviado macha (té verde) desde japón y la verdad es que me ha vigorizado por dentro – y de paso me ha hecho más productiva. Así que, ¿por qué no iros a una de esas tiendas especializadas a comprar un delicioso té para ‘regalaros’ un momento de escritura? A parte del macha japonés a mí me encanta el té negro con caramelo y gengibre…

7. Cambia de chaqueta.  A veces la frustración artística – o de la vida en general – viene cuando no producimos nada que nos parezca válido. Por ejemplo, las 500 palabras que escribí ayer eran pura bazofia, y probablemente ninguna de ellas sobreviva la etapa de edición. Queremos sentirnos completos, llenos, realizados. Es fácil atascarse en lo que más nos gusta – por eso del perfeccionismo, el ego… – pero sin embargo hay cosas que todos podemos hacer rápido y bien. Por ejemplo, a mi supervisora del doctorado, la escritora Jenn Ashworth, le da por hacer ganchillo. A mí me gusta garabatear dibujillos. ¿Y a vosotros? Cualquier cosa que sea creativa y produzca algo – como la cocina – vale. Y al terminar uno alcanza la misma felicidad que habiendo escrito 500 palabras maravillosas, os lo garantizo.

¿Cuáles son las cosas que os ayudan a seguir tirando? ¿Qué trucos amenizan esas palabras diarias? Aquí en Lancaster tenemos un febrero bastante lúgubre, así que, ¡todos los consejos motivamentes son más que bienvenidos!

 

 

 

 

Escritora Errante 12: Leer

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Hace unas semanas, en el blog Musas en su tinta la autora habló de un ritual bastante interesante para asegurar el hábito de la lectura. Es cierto que en las agitadas vidas que todos tenemos ahora, cada vez para más difícil encontrar un momento para desconectar de todo y abrir un buen libro. Y a veces es una pena, porque hay muchos libros buenos dando vueltas por ahí (mis blogs de reseñas favoritos son Divagando entre líneas en español, que me descubrió joyitas como La Canción Secreta del Mundo y Curioser and Curioser en inglés, que siempre tienen opiniones interesantes).

Leer… cuando empecé la universidad dejé de leer – por placer, me refiero. Claro que había que leer muchos manuales aburridos y libros obligatorios, pero nada que realmente pueda recordar ahora – esas palabras solo se quedaban hasta el examen y depués se desvanecían silenciosamente.

Sin embargo, al empezar mi doctorado en Escritura Creativa tenía claro que iba a tener que leer mucho. Mi investigación es en el campo de la escritura, así que necesito leer grandes cantidades de ficción. Me propuse leer un libro a la semana. Ya sé que para algunas personas esto no parecerá mucho, pero en mi caso es toda una proeza, porque tengo que combinar el doctorado, mi trabajo dando clases particulares de español, mi trabajo freelance como traductora, el ejercicio físico, el voluntariado, mi programa de radio y mis horas de socialización con otros seres humanos. Vamos, que casi no queda tiempo. Y aun así lo voy sacando de donde no lo hay para cumplir con mi meta. Porque si algo tengo muy claro es que a escribir se aprende – en parte – leyendo.

¿De dónde araño los minutos para leer?

La cena. No soy una persona que pueda leer en la cama antes de dormir, al menos no mucho. Cuando me tumbo se me cierran los ojos y si acaso me las arreglo para avanzar un par de páginas. Por eso necesito estar haciendo algo más que me mantenga despierta. No suelo cenar mucho – fruta, yogurt… – así que picotear aquí y allá mientras leo un libro resulta bastante placentero. También es importante estar sentada – y no tumbada – y bajo la luz fuerte de la cocina. Si además tengo un té calentito al lado se me pueden pasar los minutos – y las páginas – volando. Es el único momento del día que tengo para mí misma y me relaja mucho.

El tren. Cuando estudiaba en Madrid viajaba todos los días a la universidad aprovechaba esas horas tediosas leyendo. Aquí voy en bicicleta – y no, no es muy buena idea pedalear y leer a la vez – pero cuando cojo el tren suele ser para viajes largos, y entonces aprovecho para darles un buen empujón a mis lecturas. Es tan agradable ver los diferentes paisajes por la ventana mientras voy sentada comodamente en mi asiento y – idealmente – tengo una taza de café cerca…

Colas. Odio las colas. So impaciente por naturaleza, y eso de tener que esperar de pie un tiempo indefinido me suele reventar bastante. Así que en vez de amargarme la existencia viendo como se van los minutos de mi juventud ahora agarro el libro que estoy leyendo y me pongo a ello con ahínco. Las esperas se reducen considerablemente y además avanzo con el doctorado. Es perfecto.

La sala de espera del médico. No me pongo enferma casi nunca, pero una de las cosas que me ayuda pasar el tiempo cuando voy al ambulatorio o al hospital – a visitar a alguien – es leer. Los sitios así me dan angustia, pero las palabras me lo azucaran todo un poco, lo cual se agradece.

El avión. No me gusta volar. No porque el avión se pueda caer del cielo – la verdad, esas cosas no me dan miedo… si pasa, pues pasa, serán unos minutos de angustia y después… ¡zas! A trascender – sino porque soy claustrofóbica y los aviones son por lo general sitios estrechos y llenos de gente – y maletas. Sin embargo, agarrar un libro me ayuda a aislarme. En mis últimos vuelos – porque, viviendo fuera de mi país y gustándome mucho viajar tengo que coger el avión bastante – me leí casi entero Little Star, una novela de mi autor de terror favorito, John Ajvide. La recomiendo mucho: aunque os parezca un poco ladrillo – tiene más de 500 páginas – os aseguro que entre hacer el check-in, la espera del embarque, el embarque, y esperar a la llegada a que salgan otra vez las maletas os habéis leído más de medio libro…

Cafeterías. Si alguna vez me apetece mimarme y mis múltiples trabajos lo permiten, una de mis cosas favoritas es irme a una cafetería y tomarme un delicioso capuccino / chocolate caliente gigante mientras leo un libro – y si además el dinero me da para pedirme una velvet cake o un muffin de frutas del bosque y chocolate blanco, la felicidad es absoluta. Hay algo mágico en las cafeterías: el olor a café y dulces, el murmullo de la gente hablando, la música suave… No sé, me encanta. Ser escritora es muy solitario, con lo que cambiar de ambiente de vez en cuando e ir a un sitio lleno de gente relajada ayuda bastante. Mi cadena de cafeterías favorita en Reino Unido es Caffè Nero – hacen el mejor chai tea espumoso del mundo. Puedes tirarte horas allí y no te miran mal – las cafeterías pequeñas son más personales y cucas, pero por lo general los dueños tienen que sacarse su dinero, con lo que te empiezan a mirar mal en cuanto tu taza se queda vacía y tú sigues leyendo en vez de pedir algo más/marcharte.

¿Os gusta leer? ¿Os ponéis metas? ¿A dónde os lleváis los libros?

 

 

 

 

 

Escritora Errante 9: Corriendo aventuras.

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Salir a correr y empezar a escribir en serio fueron dos cosas que me vinieron casi de la mano. Nunca he sido una persona especialmente activa o amante de los deportes, pero desde que considero ser escritora profesional me he dado cuenta de lo importante que es asegurarme una cierta dosis de ejercicio diario. No solo por la salud física, sino por la mental. Sí, ya sé que dicen que escribir es una actividad solitaria, pero tengo sentimientos contrarios al respecto.

Es cierto que para escribir uno necesita soledad y recogimiento. La famosa hoja en blanco, o el temido proceso de edición son dos cosas que uno tiene que hacer solo. Como los guerreros que tenían que sobrevivir una noche entera solos en el bosque para ser considerados como tales, escribir historias tiene un poco de reto salvaje.

Sin embargo, las historias beben de imágenes e ideas, y por lo general, la musa no visita en horas fijas – por lo menos no la mía. Mi imaginación tengo que nutrirla y mantenerla fresca y activa, si no se me agarrota. Y para ello necesito salir fuera, tener experiencias, visitar lugares nuevos, conocer gente… en definitiva, correr aventuras.

Correr. Siempre lo odié. De pequeña, en la escuela, Educación Física era mi nemésis personal. Primero por todo ese rollo de tener que hacer grupos o encontrar pareja – no, no era la niña más popular de la clase – y luego porque hacer ejercicio duele. Puede doler mucho.

Tampoco ayudó el famoso test de Cooper al que un sádico profesor decidió someternos sin previo aviso – ni entrenamiento. No sé cuántas vueltas tuve que dar al patio, solo recuerdo el mareo. los pinchazos en el costado y la visión túnel cuando me desplomé al final del maratón.

Pero a los diecinueve años empecé a sufrir ataques de pánico y una de las cosas que me recomendaron en el tratamiento era hacer ejercicio y seguir unas pautas del sueño. En aquella época los ataques de pánico eran un lastre tremendo, y yo estaba dispuesta a hacer cualquier cosa con tal de librarme de ellos. Incluso correr.

Cuando eres una persona que siempre está liada con mil cosas, correr es la actividad ideal. Puedes hacerlo en prácticamente cualquier sitio, con cualquier tiempo – sí, en Lancaster corro con granizo y todo – y el equipamiento es mínimo. Para animarme, me leí De qué hablo cuando hablo de correr, de uno de mis escritores favoritos, Haruki Murakami. Ese libro marcó un antes y un después en mis correrías. Desde entonces, como Murakami, veo lo de trotar y escribir como dos actividades complementarias. Llevo corriendo de manera regular casi dos años, y me encanta. He notado muchísimo la mejora física. Y además, mi interés por correr me ha llevado a otras cosas como el senderismo o el yoga, dos actividades que ahora también disfruto mucho.

Cuando corro escucho música y pienso en mis historias. En ese momento es como si los engranajes de mi imaginación empezaran a moverse a la misma velocidad que mis piernas, y las ideas surjen como chispas.

Además, –y esto es lo aseguro – una se sienta a escribir mucho más fresca después de correr o hacer yoga o darse una caminata que si ha pasado todo el día en casa sentada en el sofá.

No os voy a engañar, levantarme a las 6.30 de la mañana para salir a trotar nunca me apetece. Pero el subidón de energía que me entra media hora después es tan adictivo – por no hablar de la frescura diaria, le he cogido el gusto a sentirme como una lechuga – que se ha convertido en uno de mis hábitos favoritos.

¿Lo habéis probado? ¿Practicáis algún otro deporte? ¿O las ideas os llegan mientras estáis tumbados en la cama?

 

 

 

 

 

Escritora Errante 8: 500 palabras mojadas en café.

CW8Estoy en la segunda semana de mi doctorado de Escritura Creativa. En la primera semana, el jueves, me desperté de madrugada sintiendo las desagradables cosquillas de un incipiente ataque de pánico. Esta segunda semana siento la ausencia del sueño y el cuerpo tenso de estrés y cansancio. Tantas expectativas, limitaciones, necesidades…

Para mi doctorado me he propuesto escribir quinientas palabras diarias. Necesito ser prolífica si quiero sacar este proyecto adelante, porque las tres novellas que tengo que completar solo se van a materializar… escribiendo. Y a través de las palabras se descubren tantos personajes y giros interesantes de esa historia que hasta entonces solo estaba en la cabeza de una.

¿Cómo puedo escribir quinientas palabras cada día? Bueno, la verdad es que yo también estoy preocupada. Pero al empezar con mi otro reto (#inktober, que consiste en dibujar un garabatillo cada uno de los días de octubre) me he dado cuenta de que crear un hábito no es imposible, y además, el hábito me hace mejorar.

Escribir quinientas palabras cuando aun no sé muy bien a dónde voy con esta novella y este argumento da miedo. Intento que sean palabras que surjan sin más, como un torrente: sin prejuicios, sin ser ortográficamente perfectas, sin lógica si es necesario. Ahí quedan. Tal vez es todo barro, pero de ese abono algo crecerá, estoy convencida.

Una de las cosas que más me está ayudando a asentar este hábito (aun no canto victoria, porque solo llevo cinco días) es asocilarlo con otra cosa que sí me gusta y disfruto. El desayuno. Amo los desayunos. Es mi comida favorita del día, con diferencia. Si mi desayuno es feliz y satisfactorio, entonces me siento con fuerzas y positividad para empezar el día. Si, por tristes circunstancias de la vida, me lo tengo que saltar… ay, ay qué desgracia la de aquellos que tengan que lidiar conmigo, porque a mi lado, la gorgona Medusa podría ser una agradable dama.

Me siento, tranquilamente, con mi café ardiendo a un lado (el café es muy necesario) y algo dulce en el otro. Me pongo música… ¡y a teclear! Lo malo de esto es que acabas con el teclado lleno de migas y mermelada. Pero las quinientas palabras fluyen con más facilidad, se hacen más placenteras. El café ayuda a bajarlas, se ve.

Y vosotras y vosotros, ¿tenéis algún hábito para escribir? ¿Algún truco?

Escritora Errante 7: Quiero ser un gallo.

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¿Animal nocturno o diurno?

La mayoría de mis amigos escritores me cuentan que son más creativos a altas horas de la noche, cuando todo está tranquilo y silencioso. Sin embargo, en esos momentos yo apenas puede ver una película sin quedarme dormida… enlazar palabras (y hacer que tengan sentido) no es una opción.

Ayer tuve el privilegio de entrevistar al escritor Jerry White en mi programa de radio, The Writing Life. Nos confesó que él también era un ‘escritor gallo’ ya que según avanzaba el día iba perdiendo motivación hasta que su cerebro se quedaba completamente frito por la tarde. Le pregunté que cuándo se levantaba para escribir –  nos había dicho antes que solía teclear en su ordenador unas dos o tres horas diarias – y dijo que… a las cuatro y media de la mañana. Su respuesta me dejó helada. Me recordó un poco a Haruki Murakami. En su libro De qué hablo cuando hablo de correr leí que cuando está escribiendo una novela se levanta a esa hora de manera muy disciplinada hasta que la acaba. Murakami reconoce que esos horarios dañan un  poco la vida social, pero como no es una persona muy sociable, le importa más bien poco.

Yo sí me considero una persona sociable, pero viviendo en Lancaster (donde todas las tiendas cierran a las cinco de la tarde y la llamada para la última bebida en los pubs es a las once y media) el estilo de vida del ‘escritor gallo’ me parece bastante viable. En España, donde solía cenar a las nueve de la noche, lo habría tenido mucho más difícil.

El reto está en levantarse tan pronto, desde luego. Me gusta madrugar, pero mi franja horaria habitual es 6.45 o 7. ¿Cuál es el secreto para levantarse tan pronto? Llevo más de un año queriendo probar levantarme a las 5.30. (Las 4.30 para cuando escriba betsellers, como Murakami o White). He leído muchos artículos al respecto, como este de Gabriella Campbell y este de Steve Pavlina (al que conocí gracias a Gabriella también). Pero nada, no hay manera. Mi cerebro parece no tener batería a las cinco de la mañana.

Sin embargo, dice Gabriella (es mi gurú literario, sí, lo reconozco) que treinta días son necesarios para asentar un hábito. Hay controversia en este asunto, pero es verdad que, como dicen por Madrid, a la fuerza ahorcan. A base de esforzarme he conseguido cosas que hace un par de años me hubieran parecido imposibles, como correr media hora todas las mañanas o escribir algo decente en inglés.

Quizá me anime a empezar mi primer reto de los treinta días con esto de madrugar…

Y vosotros, ¿escritores gallos o murciélagos? Si madrugáis mucho, ¿cuál es el truco? Se lo he preguntado a Jerry White pero solo se echó a reír. ¿Hay una poción mágica que os tomáis y nadie me ha dicho nada? Compartamos algunas ideas…