Lune in Autumn

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Nothing soothes my soul like nature. Cycling down the river Lune my heart gets excited, like when I was a child invited to a birthday’s party. The water is wide, and goes down furious. I can’t feel nothing but respect.

Whenever I’m trapped in the cage of writing, I go out. I breathe in the mountains, the trees, the rocks, the rain.

Then I go back and write.


Nada como la naturaleza para calmar my alma. Al bajar en bicicleta al lado del río Lune mi corazón se emociona siempre tanto, igual que cuando era pequeña y me invitaban a una fiesta de cumpleaños. El caudal es abudante, el agua baja furiosa. Siento un profundo respeto.

Cuando me encuentro atrapada en la jaula de la escritura, salgo fuera. Respiro las montañas, los árboles, las piedras, la lluvia.

Luego vuelvo a casa y sigo escribiendo.

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A little truth

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I would like to say this is all about an apology, but in reality I guess it’s a little truth. I can’t do everything.

I started #inktober very happy: I saw it as the incredible chance to show you all the wonders I saw in Japan. However, October is proving to be quite a tricky, busy month for me. And I have reached my bottom line. How do I know? Well, I fell ill. Let me tell you: I never, ever fall ill. I need to be very stressed for that to happen.

I’ve been doing a bunch of quite cool things this month. Yet there are moments when I just want to slap my own face. I know that’s not a good signal. I should be enjoying the party instead of worrying about the next thing. That’s why I stop. But I needed to tell you this little truth about myself…


Me gustaría empezar este post disculpándome, pero en realidad lo que quiero es confesaros un pequeño secreto: no puedo con todo.

Empecé octubre super feliz con mi #inkotober, que es una ocasión idónea para mostraros todas las maravillas que vi en Japón. Sin embargo, este mes está siendo bastante movidito, y resulta que he tocado fondo. Lo sé porque acabo de caer enferma y yo nunca, nunca me pongo enferma. Tengo que estar muy pero que muy estresada para que eso ocurra.

He estado haciendo bastantes cosillas este mes. Y aun con todo, hay algunos momentos en los que lo único que quiero es darme de bofetadas. Sí, lo sé, no es buena señal. Debería estar disfrutando de la fiesta como lo que más, en vez de estar angustiándome por lo siguiente que he de hacer. Por esa razón, quiero tomarme un parón con algunas cosas. Y por eso quería confesaros este pequeño secreto…

Glorious ice-cream

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And then it happened, I found it in Miyayima. This breath-taking ice-cream. It cost me the same as a whole lunch.

But I was willing to do the sacrifice.

 


Y entonces ocurrió. Me lo encontré en Miyayima. El helado más glorioso del mundo. De hecho, costaba lo mismo que una comida.

Pero acepté con orgullo y entereza tal sacrificio.

Apples

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At seven in the evening I was wandering around Miyayima. It was already pitch black in the little village. The only ones around were astray tourists, as me, and the wild deers. There were just a bunch of locals open but my stomach was roaring – after having gone up and down Mt Misen. I looked for a supermarket or corner shop where I could get something worth just a few hundred yens – the restaurants in the area were definitely way beyond my budget.

I finally discovered a tiny shop at the end of a dark, quiet street. It had a good selection of fresh fruit, but everything was really, really expensive. It took me a long time to calculate what would be the cheapest – but most filling – option. I was still deciding when someone spoke to me from behind.

‘Hi. Are you having trouble to ask for this at the counter? I can do so for you, if you want.’

It was a Japanese young man dressed up in an elegant blue suit.

‘Oh, no, thanks, I’m just making up my mind, that’s all,’ I answered back in English. I was grateful for his generous offering, though.

Finally, I decided taking a couple of massive red apples. I took them to the till where a smily, middle-age Japanese woman was waiting. I opened my bag to find cash but suddenly the man appeared again at my back and put the exact money the apples were worth on the the counter.

‘Oh, no, it’s not…’ I started.

But the Japanese woman kept on smiling and took her money.

‘It’s alright. This is my present for you. I hope you enjoy your trip around Japan.’

I thanked this man, bowed to him and left the shop. The street was darker than my empty stomach. I went by the sea to enjoy my gigantic, sweet apples. I was so happy I even shared the apple’s heart with the deer that were following me everywhere.

Did I ever told you how much I love apples?

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Eran ya las siete de la tarde y yo aun seguía paseando por Miyayima. Hacía un par de horas que había caído la noche, con lo que los unos viadantes eran turistas perdidos, como yo, y los ciervos salvajes. No quedaban abiertos más que unos pocos locales pero mi estómago no dejaba de rugir – claro, después de haber subido y bajado Monte Misen, necesitaba recargar energía. Me puse a buscar algún supermercado o tienda en el que gastarme unos pocos cientos de yenes – los restaurantes de los alrededores estaban, tristemente, a kilómetros de mi magro presupuesto.

Finalmente me encontré un pequeño local al fondo de una callecita. Allí vendían una buena selección de fruta fresca – pero, como sucede en Japón, todo era terriblemente caro. Así pues, me puse a calcular cuáles eran los productos más baratos pero al mismo tiempo consistentes. En esas estaba yo, cuando de repente escuché una voz a mis espaldas.

– Hola. ¿Es que no sabes cómo pedir lo que quieres en la caja? Si quieres lo puedo hacer yo por ti… – me dijo un hombre japonés joven que iba vestido con un elegante traje azul.

– Ah, no, gracias, de verdad, solo estoy eligiendo – le respondí en inglés, agradecida por su interés.

Finalmente, me decidí por un par de enormes manzanas rojas y suculentas. Las puse en el mostrador, delante de la dueña de la tienda, una sonriente señora japonesa de mediana edad. Abrí mi mochila para buscar cambio, cuando el hombre del traje azul volvió a aparecer por detrás y, rápido como el rayo, dejó el importe exacto al lado de la caja.

– Ah, eh… no hace falta, de verdad…

Pero antes de que pudiese hacer nada más, la sonriente señora japonesa había guardado el dinero en la caja.

– No pasa nada, es un regalo. Espero que disfrutes tu viaje por Japón – me respondió él.

Le dí las gracias al hombre, hice las reverencias pertinentes y me fui de la tienda. Fuera, la calle estaba tan oscura como mi estómago vacío. Me fui al lado del mar a disfrutar de mi cena. Me sentía tan feliz y generosa, que hasta compartí un poco de las manzanas con los ciervos salvajes que no dejaban de seguirme a todas partes.

¿Os he comentado antes lo mucho que me gustan las manzanas?

Hotel Yukata

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I’m used to British hotels lately: they are very expensive and also very austere. No much luxury, (but at least they gave you the kettle, and that DOES make a difference with this climate, so I’m grateful for that).

So, when I experienced the Japanese hotels I was in a dream. First, they were cheaper than the average British hotel. But you felt so spoiled. They gave me a free cold drink (my choice) the day I arrived to my hotel in Ōsaka and it was 30ºC with 90% of humidity at night. All bathrooms came with the wonderful toilets I already talked about (in fact, they had them in the hostels I visited, too). And they gave you a nice Yukata and even a  hairband. The toilet was full of things: soap for the hands, for the body, shampoo, razor, brush, toothbrush, toothpaste and even colgne! Ah, and the slippers were also very comfy and you could take them with you.

Yes, Japanese hotels, I will be coming to visit you again.

(I didn’t have enough money to try the ryōkan experience, but that must be true heaven then!)


Estoy acostumbrada a los hoteles ingleses: muy caros y austeros. De lujos nada, vamos, aunque eso sí, te dan la tetera eléctrica y el té gratis que, con este clima, la verdad es que se agradece mucho.

Así que, cuando me alojé en los hoteles japoneses era como vivir un sueño. Lo primero, son más baratos que los hoteles ingleses. Pero te dan mimos y amor, ya lo creo que sí. Para que os hagáis una idea, por ejemplo, el día que llegué a mi hotel en Ōsaka, la recepcionista me dejó escoger una bebida fría gratis. (Teniendo en cuenta que era por la noche y había 30ºC con 90% de humedad la verdad es que ganaron muchos puntos). Todos los baños en estos hoteles vienen con esos váteres maravillosos de los que ya os he hablado (ah, y también en los hostales). En el váter además te dejan toda clase de cositas: jabón de espuma para las manos, jabón para el cuerpo, champú, cuchilla de afeitar, cepillo de dientes con pasta, pasadores para el pelo, peine… ¡y hasta colonia! Y lo mejor es que te dan un cómodo yukata para estar por la habitación y unas zapatillas (las últimas te las puedes llevar gratis).

Pues sí, hoteles japoneses, ¡ya estoy contando los días para que volvamos a vernos!

(En este viaje no tenía dinero suficiente para probar la experiencia ryōkan, pero visto lo visto debe ser el mismísimo paraíso…)

Buddha Loving the Stones

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When I was walking around the biggest Buddist temple in Miyayima (Daishō-in) I found this cute little buddha hugging a stone in the garden. It made me think of embracing everything that comes with love and joy, no matter if it’s something as bland, cold and boring as an old mouldy stone.

I’ve so much to learn from this chubby buddha…


Cuando estaba dando un paseo por el templo budista más grande de Miyayima (el Daishō-in) me encontré este pequeño buda abrazando a una piedra del jardín. Me recordó al hecho de aceptar con agrado todo lo que nos viene, aunque sea algo tan insulso, aburrido y frío como una vieja piedra cubierta de moho.

Tengo mucho que aprender de este buda regordete…

The Day When I Saved A Life

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Remember my adventures climbing up Mt Misen? I had to go down in darkness… well, I tried to do so, I shall say. Because when I had barely stepped down, a couple appeared in between the dark woods. The man told me.

‘Why are you going down?’

And the woman:

‘You shouldn’t, it’s dangerous! Do you know where’s the cable car?’

‘Yes, it’s just up and then right’.

‘Are you sure?’

‘Well… I just saw a signal but I guess…’

‘A signal? Where?’

‘Here… come this way…’

I decided to ‘adopt’ this couple and taking them there.

‘But the last cable car is in 20 minutes….’ I told them.

‘Let’s go, let’s go then…!’ The women howled.

We ran, oh, yes, I assure you. It was getting dark pretty quick.

‘But are you sure this is the way? Are you sure?! The woman didn’t stop asking.

‘Yes, yes, yes…’

She was already hyperventilating. I was about to stop and hug her and tell her everthing was going to be okay, even if we couldn’t make it to the cable car we wouldn’t die there. We could go down really slow or use the mobile phone light? (Poor consolation, I know… but I was feeling optimistic that day!)

I think she was about to have a panic attak when we finally saw the cable car. And so we took it.

The trip was wonderful, like being a crow fliying down the mountain. Hiroshima was nothing but glittering lights in the distance, beyond the ocean.

Once we were down, I met again the Jewish couple. She was scolding her partner as anything. I could see it was the end of the world for him (possibly the one who had the bright idea of climbing the mountain during sunset, as I did, too). Then, she turned at me and said:

‘You’ve saved my life.’

I thanked her but deep inside I felt it had been the opposite way around. Going down a mountain plagged with mamushis and kami, without food and barely no water and a phone with half its battery, didn’t seem such like a good plan afterall.