Two Sisters

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Peewee and Mollie are two sweet sisters. They may not play together but they still chase each other for food, or choose close steps in the long starcaise inside the house to relax and enjoy the sunlight. They look completely different, yet you can feel the love.

Pewee and Mollie human-mum told me their story. They were found in an animal shelter.  Sisters from the same litter, they had been born in a house where a woman kept sixty cats. Human-mum said that when she went into the shelter with her human-son they set their eyes first on two brothers – black kittens – that came from the same house. Peewee and Mollie were one year and a half by then.

Kittens are obviously the easy option. They are balls of fur that will easily get used to be around you and,suck your finger, fell asleep in your lap… Mollie and Pewee were shy, wild cats that had already been returned to the animal shelter by a family that was astonished when the sisters refused to leave from under the sofa during three days in a row.

I can’t imagine what it is to be born in a house with other sixty cats around where you have little or none human contact. I can’t imagine living inside a cage in the animal shelter or being tossed in a complete new house where humans try to touch you all the time. But the fact is that the sisters were chosen by this other human-family. They realised the black kittens would find a home easily, but for the sisters was far more challenging. Not everybody takes the time to understand, respect and get to know animals.

The first time I met Peewee and Mollie was two years ago. They were very shy and ran away just  by hearing me approaching. This year they are a bit more playful and they even allowed me to pet them a couple of times. Their human-mum told me she had to bribe them out from down the sofa by learning a cat-communication technique – this was the first time they brought them to their current home and sisters refused to make any contact. This techinique consists on looking at a cat in the eye blinking really slowly. Apparently, cats do this when they feel relaxed, so if they see you relaxed, they understand there is no danger.

I’m so happy Mollie and Peewee got a third chance. They are not playful or friendly cats, but who says you have to be all laughs to be loved?


Pewee y Mollie son dos preciosas hermanas. Puede que no suelan jugar juntas, pero aun se pelean por la comida y eligen dos escalones juntos en la larga escalera dentro de casa para relajarse y disfrutar de los rayos de sol.

La mamá-humana de Pewee and Mollie me contó su historia. Las gatitas – de la misma camada – nacieron en una casa donde una mujer acogía sesenta gatos. Mamá-huma me dijo que cuando ella y su hijo-humano fueron al refugio de animales estuvieron a punto de llevarse dos hermanitos – gatitos negros – que venían de la misma casa. Peewee y Mollie tenían ya más de un año y medio.

Los cachorros de gato era la opción más sencilla: unas pelusillas negras que se habrían acostumbrado a la compañía humana sin ningún problema. Mollie y Peewee eran unas criaturas asustadizas y salvajes. Otra familia ya las había devuelto al refugio en solo tres días – al ver que las hermanas se negaban a salir de debajo del sofá.No me puedo imaginar lo que es nacer en una casa con otros sesenta gatos donde una tiene poco o ningún contacto con humanos. No me puedo imaginar lo que es tener que sobrevivir en un refugio o que te arrojen a una nueva casa donde los humanos se empeñan en tocarte todo el rato. Pero la cosa es que esta nueva familia (mamá-humana, papá-humano e hijo-humano) se dio cuenta de que los gatitos negros encontrarían un hogar enseguida, mientras que la situación de las hermanas era mucho más complicada. No todo el mundo se molesta en comprender, respetar o llegar a conocer a un animal.

Hace dos años conocí a Peewee and Mollie por primera vez. Eran tan tímidas que salían corriendo solo al oírme andar. Este año son un poco más juguetonas e inlcuso me dejaron que las acariciase un par de veces. Su madre-humana me explicó como había conseguido sacarlas de debajo del sofá la primera vez que llegaron casa. Resulta que hay una técnica de comunicación con gatos según la cual tienes que mirar al felino directamente a los ojos mientras parpadeas muy lentamente. Al parecer esto es lo que hacen los gatos cuando están relajados – con lo que, si te ven haciéndolo, entienden que no hay peligro.

Estoy muy contenta de que Mollie y Peewee tuvieran una tercera oportunidad. No son gatas juguetonas o amigables pero, ¿quién dice que una tiene que ser todo sonrisas para ser amada?

Lune in Autumn

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Nothing soothes my soul like nature. Cycling down the river Lune my heart gets excited, like when I was a child invited to a birthday’s party. The water is wide, and goes down furious. I can’t feel nothing but respect.

Whenever I’m trapped in the cage of writing, I go out. I breathe in the mountains, the trees, the rocks, the rain.

Then I go back and write.


Nada como la naturaleza para calmar my alma. Al bajar en bicicleta al lado del río Lune mi corazón se emociona siempre tanto, igual que cuando era pequeña y me invitaban a una fiesta de cumpleaños. El caudal es abudante, el agua baja furiosa. Siento un profundo respeto.

Cuando me encuentro atrapada en la jaula de la escritura, salgo fuera. Respiro las montañas, los árboles, las piedras, la lluvia.

Luego vuelvo a casa y sigo escribiendo.

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Glorious ice-cream

inktober11

And then it happened, I found it in Miyayima. This breath-taking ice-cream. It cost me the same as a whole lunch.

But I was willing to do the sacrifice.

 


Y entonces ocurrió. Me lo encontré en Miyayima. El helado más glorioso del mundo. De hecho, costaba lo mismo que una comida.

Pero acepté con orgullo y entereza tal sacrificio.

Apples

inktober10

At seven in the evening I was wandering around Miyayima. It was already pitch black in the little village. The only ones around were astray tourists, as me, and the wild deers. There were just a bunch of locals open but my stomach was roaring – after having gone up and down Mt Misen. I looked for a supermarket or corner shop where I could get something worth just a few hundred yens – the restaurants in the area were definitely way beyond my budget.

I finally discovered a tiny shop at the end of a dark, quiet street. It had a good selection of fresh fruit, but everything was really, really expensive. It took me a long time to calculate what would be the cheapest – but most filling – option. I was still deciding when someone spoke to me from behind.

‘Hi. Are you having trouble to ask for this at the counter? I can do so for you, if you want.’

It was a Japanese young man dressed up in an elegant blue suit.

‘Oh, no, thanks, I’m just making up my mind, that’s all,’ I answered back in English. I was grateful for his generous offering, though.

Finally, I decided taking a couple of massive red apples. I took them to the till where a smily, middle-age Japanese woman was waiting. I opened my bag to find cash but suddenly the man appeared again at my back and put the exact money the apples were worth on the the counter.

‘Oh, no, it’s not…’ I started.

But the Japanese woman kept on smiling and took her money.

‘It’s alright. This is my present for you. I hope you enjoy your trip around Japan.’

I thanked this man, bowed to him and left the shop. The street was darker than my empty stomach. I went by the sea to enjoy my gigantic, sweet apples. I was so happy I even shared the apple’s heart with the deer that were following me everywhere.

Did I ever told you how much I love apples?

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Eran ya las siete de la tarde y yo aun seguía paseando por Miyayima. Hacía un par de horas que había caído la noche, con lo que los unos viadantes eran turistas perdidos, como yo, y los ciervos salvajes. No quedaban abiertos más que unos pocos locales pero mi estómago no dejaba de rugir – claro, después de haber subido y bajado Monte Misen, necesitaba recargar energía. Me puse a buscar algún supermercado o tienda en el que gastarme unos pocos cientos de yenes – los restaurantes de los alrededores estaban, tristemente, a kilómetros de mi magro presupuesto.

Finalmente me encontré un pequeño local al fondo de una callecita. Allí vendían una buena selección de fruta fresca – pero, como sucede en Japón, todo era terriblemente caro. Así pues, me puse a calcular cuáles eran los productos más baratos pero al mismo tiempo consistentes. En esas estaba yo, cuando de repente escuché una voz a mis espaldas.

– Hola. ¿Es que no sabes cómo pedir lo que quieres en la caja? Si quieres lo puedo hacer yo por ti… – me dijo un hombre japonés joven que iba vestido con un elegante traje azul.

– Ah, no, gracias, de verdad, solo estoy eligiendo – le respondí en inglés, agradecida por su interés.

Finalmente, me decidí por un par de enormes manzanas rojas y suculentas. Las puse en el mostrador, delante de la dueña de la tienda, una sonriente señora japonesa de mediana edad. Abrí mi mochila para buscar cambio, cuando el hombre del traje azul volvió a aparecer por detrás y, rápido como el rayo, dejó el importe exacto al lado de la caja.

– Ah, eh… no hace falta, de verdad…

Pero antes de que pudiese hacer nada más, la sonriente señora japonesa había guardado el dinero en la caja.

– No pasa nada, es un regalo. Espero que disfrutes tu viaje por Japón – me respondió él.

Le dí las gracias al hombre, hice las reverencias pertinentes y me fui de la tienda. Fuera, la calle estaba tan oscura como mi estómago vacío. Me fui al lado del mar a disfrutar de mi cena. Me sentía tan feliz y generosa, que hasta compartí un poco de las manzanas con los ciervos salvajes que no dejaban de seguirme a todas partes.

¿Os he comentado antes lo mucho que me gustan las manzanas?

Buddha Loving the Stones

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When I was walking around the biggest Buddist temple in Miyayima (Daishō-in) I found this cute little buddha hugging a stone in the garden. It made me think of embracing everything that comes with love and joy, no matter if it’s something as bland, cold and boring as an old mouldy stone.

I’ve so much to learn from this chubby buddha…


Cuando estaba dando un paseo por el templo budista más grande de Miyayima (el Daishō-in) me encontré este pequeño buda abrazando a una piedra del jardín. Me recordó al hecho de aceptar con agrado todo lo que nos viene, aunque sea algo tan insulso, aburrido y frío como una vieja piedra cubierta de moho.

Tengo mucho que aprender de este buda regordete…

The Wasabi Challenge

inktober5

So I was in this true sushi-place in Tokyo – my friends are from there and they took me to a local in the basement floor. Nothing touristy, but the real thing, instead. It had (of course) the compulsory rotatory dishes. And two cooks preparing the food on the middle. And free green tea.

So when took my first sushi plate I used the soya sauce… but I couldn’t find the wasabi. And I do like my sushi with a hint of wasabi. So I asked the cook.

God. He took a good handful of wasabi from a wasabi-mountain he had on the kitchen counter and smashed on my dish. (Basically I knew he wanted to smash it directly into my mouth, but his rigid Japanese education didn’t quite allow him).

That’s how I learned that, in Japan, sushi is already done with wasabi. The cooks had the hands covered in the green spice while they were giving form to the rice. Me asking more had been like an annoying challenge.

Do you like wasabi? Did you ever mistaken it with Melon mousse? (I did… when I was young and innocent).

 


Mis amigos de Tokyo me llevaron a un local de sushi, pero de los de verdad. Tenía pinta un poco de antro pero, eso sí, el obligado sistema de platitos rotatorios. También venía con barra libre de té verde y salsa de soja.

Cuando cogí mi primer platito me di cuenta de que no tenía wasabi. Así que, muy educadamente, le pregunté a los cocineros que estaban preparando la comida justo delante de nosotros.

Madre mía, la que lié sin darme ni cuenta. De repente el cocinero cogió un buen puñao (puñao, que no puñado, ¿eh?) de wasabi de una montaña que tenía en la encimera y me lo estampó directamente en el plato. En realidad, yo sentí en ese momento que él quería restregármelo por la boca, pero su estricta educación japonesa se lo había impedido justo a tiempo. Menos mal…

Y así fue como aprendí que en Japón el sushi viene directamente con wasabi. Los cocineros moldean el arroz con las manos empapadas de esta sustancia verde. Básicamente yo les había retado en su propio juego.

¿Os gusta el wasabi? ¿Alguna vez lo habéis confundido con mousse de melón? (Yo sí… cuando era joven e inocente, claro está).